Un taxista ayudó a una embarazada a llegar al hospital; al día siguiente, un motociclista lo persiguió con un sobre.
—Señor, por favor… creo que ya viene la niña.
Manuel sintió que se le helaba la espalda.
Miró por el espejo retrovisor y vio a la mujer agarrada al asiento trasero, pálida, sudando, con una mano sobre el vientre y la otra apretando el teléfono como si fuera lo único que la mantenía firme.
Hacía apenas unos minutos, ella se había subido al taxi con varias bolsas del súper y una sonrisa cansada.
Ahora estaba doblada de dolor.
—Tranquila, señora. Respire despacio. Ya vamos al hospital.
—No puedo… no puedo aguantar más.
Manuel pisó el acelerador con cuidado, pero con urgencia. No podía hacer locuras. No podía ponerla en más peligro. Pero tampoco podía manejar como si aquello fuera un viaje normal.
Porque no lo era.
Nada de lo que estaba pasando aquella tarde de domingo era normal.
Manuel tenía treinta y cuatro años, dos hijas pequeñas y un taxi blanco que ya hacía más ruido del que debería.
Vivía en las afueras de Guadalajara, en una colonia sencilla donde todos se conocían de vista, aunque no todos se saludaran.
No era rico.
Nunca lo había sido.
Pero era de esos hombres que se levantan temprano, se lavan la cara con agua fría, se toman un café rápido y salen a trabajar aunque el cuerpo pida cama.
Durante años había soñado con tener un empleo de oficina.
Uno de esos trabajos con sueldo fijo, prestaciones y horarios normales.
Estudió administración por las noches, manejó taxi de día, hizo tareas de madrugada y se convenció de que, al terminar la carrera, todo iba a cambiar.
Pero la vida no siempre cambia cuando uno firma un título.
Mandó currículums.
Fue a entrevistas.
Esperó llamadas que nunca llegaron.
Recibió correos fríos, de esos que empiezan con “gracias por participar” y terminan diciéndote, con palabras bonitas, que no te eligieron.
Al principio le dolió.
Luego se acostumbró.
Y un día dejó de ver el taxi como algo temporal.
Empezó a verlo como su trabajo de verdad.
No era fácil, pero le daba de comer a su familia.
Le permitía llevar a sus hijas a la escuela cuando podía.
Le permitía pasar por tortillas, arreglar una gotera, comprar medicina cuando alguna se enfermaba.
Su esposa, Mariana, siempre le decía:
—No importa si manejas taxi, si vendes pan o si pones ladrillos. Lo importante es que vuelvas a casa con la frente limpia.
Y Manuel volvía así.
Cansado, sí.
Con la camisa oliendo a calle, a gasolina y a sudor.
Pero con la frente limpia.
Normalmente no trabajaba los domingos.
Ese día lo reservaba para su familia.
Iban al mercado, comían en casa de su suegra o se quedaban viendo películas viejas mientras sus hijas, Lucía y Camila, peleaban por el mismo cojín del sofá.
Pero aquel domingo era distinto.
Tenían un recibo atrasado.
Además, Manuel debía una parte de un préstamo que había pedido meses antes, cuando la menor tuvo una infección fuerte y hubo que pagar consultas y medicinas.
No era una deuda enorme para otros.
Para él, era una piedra en el pecho.
Así que después de comer, besó a sus hijas en la frente y le dijo a Mariana:
—Voy a dar unas vueltas. Solo un rato. A ver si sale algo.
—No te tardes —le dijo ella—. Y maneja con cuidado.
—Siempre.
Manuel salió pensando que quizá haría tres o cuatro viajes y regresaría antes de cenar.
No imaginó que ese domingo le iba a cambiar la vida.
Cuarenta minutos después, levantó la mano una mujer embarazada en la esquina de una avenida tranquila.
Tendría unos veintiocho o treinta años.
Llevaba un vestido cómodo, sandalias bajas y el cabello recogido como pudo. A sus pies había varias bolsas cargadas de fruta, pan, leche, pañales y cosas de casa.
Manuel frenó de inmediato.
—Buenas tardes, señora. ¿Le ayudo?
—Ay, sí, por favor. Me confié y compré más de la cuenta.
Él bajó, tomó las bolsas más pesadas y las acomodó en la cajuela.
—¿A dónde vamos?
—A la calle Los Naranjos, cerca del boulevard.
—Claro. Súbase con calma.
La mujer respiró hondo antes de sentarse en el asiento trasero.
—Gracias. Mi esposo me va a matar cuando se entere de que vine sola al súper.
Manuel sonrió mientras arrancaba.
—Seguro se preocupa por usted.
—Demasiado. Dice que no debo cargar nada, que no debo caminar mucho, que no debo ni respirar fuerte.
Los dos soltaron una pequeña risa.
En ese momento sonó el teléfono de ella.
—¿Bueno? Amor, ya voy de regreso.
Manuel no quería escuchar, pero en un taxi a veces las conversaciones llegan solas.
—No te enojes. Solo fui por unas cositas… Sí, ya sé que me dijiste que esperara… No exageres, estoy bien.
La mujer se tocó la barriga y sonrió.
—Además, acuérdate que soy fuerte. Ya te dije que puedo con esto y con más.
Hubo una pausa.
Luego su voz se volvió más dulce.
—Yo también te amo. Mañana nos vemos en el hospital para la revisión, ¿sí? Tranquilo. Ya voy en taxi.
Colgó y suspiró.
—Mi esposo es bueno, pero parece guardia de palacio.
—Cuando uno está esperando su primer bebé, creo que todos nos volvemos un poco exagerados —dijo Manuel.
—¿Usted tiene hijos?
—Dos niñas. Una de siete y otra de cinco.
—Entonces usted ya sabe de sustos.
—Y de desvelos. Y de dibujos pegados en la nevera. Y de que te pidan agua justo cuando ya te acostaste.
Ella se rió con ternura.
—Yo voy a tener una niña también.
—Felicidades.
—Gracias. Se va a llamar Sofía. Todavía ni nace y ya tiene a toda la familia vuelta loca.
—Así pasa. Las hijas llegan y uno deja de ser dueño de su corazón.
La mujer miró por la ventana, emocionada.
—Tengo miedo, pero también muchas ganas de verla.
—Todo va a salir bien.
Manuel lo dijo como se dicen esas cosas en un taxi, sin pensar demasiado, con simple amabilidad.
No sabía que minutos después tendría que repetir esa frase de verdad.
Cuando llegaron a la calle Los Naranjos, Manuel bajó para sacar las bolsas.
La mujer abrió la puerta despacio.
Intentó ponerse de pie.
Entonces se quedó inmóvil.
Su rostro cambió por completo.
La sonrisa desapareció.
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