Lucía se acercó más a la cámara, sin saber que la estaba escuchando.
“Apúrate. Ellos ya van en el avión a Madrid. Para cuando vuelva la señorita Mariana, el Registro ya tendrá el trámite avanzado.”
Llamé a Susana.
Contestó al segundo tono.
“¿Mariana?”
“Necesito que revises si alguien intentó mover la escritura de Bucerías.”
Su voz cambió de inmediato.
“¿Qué pasó?”
“Están cambiando chapas. Tienen una supuesta cesión.”
“¿Firmada por ti?”
“No.”
Hubo silencio.
“Eso ya no es pleito familiar. Eso es falsificación.”
Mientras ella revisaba en línea con un contacto del Registro Público, yo seguí observando.
Brenda apareció en la cámara, cargando una bolsa de diseñador. Se veía feliz, como si estuviera entrando a un hotel pagado por otro.
Lucía le dijo:
“Tu suegra dijo que no te preocuparas. Que Mariana va a hacer berrinche dos días y luego va a pagar todo como siempre.”
Brenda se rio.
“Claro. Esa mujer no sabe estar sola. Compra cariño porque nadie la aguanta.”
Sentí algo quebrarse dentro de mí, pero no fue tristeza.
Fue la última cuerda.
Susana volvió a la llamada.
“Mariana, encontré una solicitud de anotación preventiva. No está inscrita todavía, pero metieron un documento con tu firma. Y peor: anexaron un poder notarial supuestamente otorgado por ti a favor de tu mamá.”
“Yo nunca di ningún poder.”
“Lo sé. La firma se ve rara. Voy a pedir bloqueo registral urgente, pero necesito que hagas denuncia. Hoy.”
Miré la pantalla.
Mauricio, desde el aeropuerto, llamó a Brenda. Ella puso altavoz.
“¿Ya entraron?”, preguntó él.
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