Solo dije:
“Que disfruten su viaje.”
Colgué.
Abrí mi laptop en una mesa del aeropuerto y entré al portal de la agencia de viajes. Como el paquete estaba cargado a mi tarjeta corporativa y faltaba confirmar el pago final de excursiones, propinas, bebidas y upgrades, cancelé mi autorización.
Luego retiré mi tarjeta de todos los cargos vinculados.
Los camarotes de lujo quedaron sin garantía. Las cenas privadas, canceladas. Los tours premium, liberados.
Después entré a la aplicación de seguridad de la casa de Bucerías para revisar, no sé por qué, tal vez por instinto.
La cámara de la entrada se activó.
Vi una camioneta de mudanza estacionada frente a la casa que yo había comprado.
Y en la puerta, Lucía, la hermana de Brenda, estaba diciéndole a un cerrajero:
“Cambia la chapa ya. Cuando Mariana regrese, esta casa ya no va a ser suya.”
En ese momento entendí que lo del crucero no era la traición más grande.
Era apenas la carnada.
PARTE 2
Me quedé mirando la pantalla sin parpadear.
Lucía llevaba lentes oscuros, un vestido playero y una carpeta amarilla bajo el brazo. Detrás de ella, dos hombres bajaban cajas marcadas con plumón: “Recámara Mauricio”, “Sala Brenda”, “Cuarto bebé”.
Cuarto bebé.
Mauricio ni siquiera tenía hijos todavía.
Subí el volumen de la cámara.
El cerrajero dijo:
“Señora, yo necesito autorización del propietario.”
Lucía abrió la carpeta y sacó una copia.
“Aquí está. Es una cesión firmada por los señores Ríos. La casa queda para Mauricio. La dueña ya aceptó.”
Me ardieron las manos.
Yo nunca había firmado nada.
La escritura estaba a mi nombre. Mis papás vivían ahí porque yo se los permití, no porque fueran propietarios. Lo dejé claro desde el principio con mi abogada, Susana Leal, precisamente porque mi hermano llevaba años viviendo de préstamos, promesas y chantajes.
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