“Su madre copió facturas, manifiestos químicos y pagos ilegales. Intentó denunciar, pero los papeles desaparecieron. El caso se cayó. La empresa cerró. Ernesto fue despedido, pero no era inocente. Hay indicios de que firmó la entrada de lotes contaminados.”
Laura, sentada a mi lado, apretó mi mano.
Luego supimos lo demás. Ernesto había localizado a Beatriz 5 años antes durante un viaje a Colima. No la obligó desde el principio. La escuchó. La estudió. Descubrió su herida más podrida: la idea de que yo le había robado a Rodrigo.
Le habló durante meses. Le dijo que yo la humillaba con dinero, que la estaba reemplazando, que si me enfermaba Rodrigo volvería a mirarla como antes. Después le vendió pastillas trituradas por 55 mil pesos mensuales. Dinero que Beatriz pagaba con la misma ayuda que yo le depositaba para sus consultas y gastos personales.
Yo había financiado mi propio veneno.
Esa noche llegó otro mensaje.
Una dirección: un viejo laboratorio abandonado cerca de Lerma.
“Ven sola si quieres las pruebas que tu madre escondió.”
Salcedo organizó un operativo. Me pusieron un micrófono bajo la chamarra y un rastreador en el zapato. Rodrigo quiso ir conmigo, pero no lo dejaron.
“Si Valdivia ve un convoy, se escapa”, dijo el agente. “Necesitamos que hable.”
Antes de salir, llevamos a Camila al departamento de Laura, custodiado por policías vestidos de civil. Me arrodillé frente a mi hija.
“No abras la puerta por nada del mundo. Aunque digan que vienen de mi parte.”
“¿Vas a volver, mamá?”
Sentí que esa pregunta me partía el alma.
“Siempre voy a volver por ti.”
El laboratorio era enorme, oscuro, con olor a óxido y químico viejo. Las ventanas estaban rotas. El viento se metía entre láminas sueltas y hacía un ruido triste, como respiración enferma.
Ernesto apareció al fondo, junto a una mesa metálica. Tenía la pulsera de Camila entre los dedos.
“Tienes los ojos de Lucía”, dijo. “Eso me dio asco desde la primera vez que te vi en fotos.”
“¿Qué quieres de mí?”
Arrojó la pulsera sobre la mesa. Junto a ella había una carpeta vieja.
“Tu madre dejó que mi hijo muriera.”
Me quedé quieta.
Ernesto contó que su niño, de 7 años, tomó un medicamento contaminado fabricado por aquella planta. Murió después de una reacción tóxica. Según él, mi madre sabía de las irregularidades desde meses antes y tardó en denunciar por miedo a perder su empleo.
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