“Ya lo hizo”, le dije. “Y ahora tiene a nuestra hija.”
Un primo de Rodrigo recordó que Beatriz había preguntado días antes por una capilla abandonada cerca de Tapalpa, donde la familia de su esposo hacía misas antiguamente. Llamamos al 911, fuimos al Ministerio Público y salimos hacia la sierra bajo una lluvia feroz.
A mitad del camino, sonó mi celular desde un número desconocido.
“Mamá”, lloró Camila. “Tengo frío. Ven por mí.”
Luego escuché un jalón y la voz de Beatriz.
“No traigas policías, Mariana. Solo quiero que Rodrigo entienda lo que me hiciste.”
“Devuélveme a mi hija.”
“Tú me quitaste a mi único hijo”, escupió. “Yo lo crié, yo lo cuidé, yo lo tuve antes que tú. Y desde que llegaste, él ya no me necesita.”
La llamada se cortó.
Cuando llegamos a la capilla, las patrullas venían detrás. Beatriz estaba bajo el techo de piedra, empapada, sujetando a Camila del hombro. En la otra mano tenía el frasco blanco.
Rodrigo avanzó lentamente.
“Mamá, suelta a la niña.”
Beatriz comenzó a llorar.
“Yo solo quería que Mariana se enfermara poquito”, dijo. “Si ella estaba débil, tú volverías a necesitarme. Ernesto me dijo cuánto ponerle. Él me ayudó.”
Camila logró zafarse y corrió hacia mí. La abracé con tanta fuerza que ambas caímos de rodillas en el lodo.
Cuando los policías esposaron a Beatriz, ella gritó:
“¡Ernesto no lo hizo por mí! ¡Él conocía a la mamá de Mariana! ¡Esto empezó mucho antes de ustedes!”
Horas después, en un cuarto de motel en la carretera, la Fiscalía encontró fotos de nuestra casa, de la escuela de Camila y de mi madre cuando era joven. En una libreta había una frase subrayada en rojo:
“Si Beatriz falla, usar a la niña.”
Entonces mi celular recibió una foto.
Era la pulsera de plata de Camila, perdida en la capilla.
El mensaje decía:
“Tu madre no fue una santa. Ven sola al viejo laboratorio si quieres saber la verdad.”
Y entendí que mi suegra solo había sido la puerta de entrada.
PARTE 3
El agente Salcedo me quitó el celular de las manos antes de que pudiera contestar. Ordenó rastrear el número, pero el chip era desechable y había sido activado con documentos falsos. Ernesto Valdivia no estaba huyendo. Estaba llamándome.
Quería que yo fuera hacia él.
En la sala de la Fiscalía, Salcedo puso sobre la mesa una fotografía vieja, amarillenta, donde aparecía mi madre, Lucía, frente a una planta farmacéutica cerrada en las afueras de Lerma, Estado de México. Detrás de ella, casi escondido entre trabajadores, estaba el mismo hombre de la cámara.
Más joven, pero con los mismos ojos duros.
“Ernesto Valdivia trabajó ahí como encargado de almacén”, explicó el agente. “Hace más de 30 años, esa empresa fue investigada por fabricar medicamentos con materia prima contaminada y alterar reportes de seguridad. Su madre estaba en contabilidad.”
Sentí un golpe en el pecho.
Mi mamá casi nunca hablaba de su trabajo. Cuando enfermó, antes de morir, me decía cosas que yo atribuía al dolor y a los medicamentos.
“Nunca confíes en nadie que pregunte por la planta”, me repetía. “Hay gente que prefiere enterrar la verdad con tal de no perder dinero.”
Yo tenía 20 años y no entendía nada.
Salcedo abrió una carpeta.
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