Ricardo la miró con una mezcla de furia y vergüenza, como si lo que más le molestara no fuera el daño, sino haber sido descubierto.
“Dame eso.”
“No.”
“Dámelo, Sofía.”
Dio un paso hacia ella.
Yo me interpuse.
Por primera vez, Ricardo tuvo que detenerse porque yo estaba frente a él y no detrás.
“No la toques.”
Él se rio con desprecio.
“¿Ahora eres valiente?”
“No. Ahora estoy despierta.”
Entonces presioné el botón de llamada en mi celular, que llevaba abierto desde antes de que él entrara.
La voz de Leticia salió en altavoz.
“Claudia, estoy afuera con la licenciada Marisol Álvarez. ¿Abrimos?”
Ricardo volteó hacia la puerta.
“¿Qué hiciste?”
“Lo que debí hacer hace un año.”
La puerta se abrió porque yo no había quitado el seguro superior. Leticia entró primero, con una carpeta bajo el brazo y el rostro duro. Detrás venía la agente Álvarez acompañada de otra mujer de la Fiscalía.
No llegaron con esposas ni con escándalo de telenovela. Llegaron con algo peor para Ricardo: calma, documentos y preguntas.
“Señor Ricardo Rivas”, dijo la agente, “necesitamos que nos acompañe para declarar sobre una denuncia por amenazas, posible fraude, falsificación de firma y violencia familiar.”
Ricardo levantó las manos, fingiendo indignación.
“Esto es un malentendido familiar.”
Leticia lo miró como se mira una cucaracha en una cocina limpia.
“Los malentendidos no vacían fideicomisos ni falsifican firmas.”
“Usted no sabe nada.”
“Sé suficiente”, contestó ella. “Y el notario Héctor Cárdenas ya mandó copia certificada del fideicomiso original. Sofía era beneficiaria directa. Usted no tenía facultades para mover ese dinero.”
Ricardo me miró entonces. Ya no con enojo, sino con algo más peligroso: súplica calculada.
“Claudia, amor, piensa. Todo lo hice por la familia. Daniela estaba sola. Yo no podía abandonar a mi sangre.”
“Abandonaste a mi hija.”
“Ella se fue.”
“Tú la echaste.”
“Estaba alterado.”
“La amenazaste.”
“Me provocó.”
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