El silencio se volvió pesado.
Ricardo ya no fingió.
“¿Dónde está?”
“Lejos de ti.”
Se acercó dos pasos.
“Claudia, escúchame bien. Tú no entiendes lo que está pasando.”
“Entiendo más de lo que te conviene.”
Saqué la carpeta de debajo del cojín y la puse sobre la mesa. Los estados de cuenta se extendieron como cuchillos: el fideicomiso vacío, las transferencias a Daniela Rivas, la solicitud con mi firma falsa, las capturas que Sofía había guardado.
Ricardo miró los papeles. Luego me miró a mí.
“¿Quién te dio esto?”
“No importa.”
“Claro que importa.”
“También tengo tu grabación.”
Ahí sí perdió color.
Fue poco, apenas un parpadeo largo, pero yo lo vi. Después de años de estudiar sus estados de ánimo para evitar problemas, conocía cada grieta de su cara.
“¿Grabación de qué?”, dijo.
“De cuando amenazaste a Sofía.”
Sonrió de lado.
“Una niña resentida puede inventar cualquier cosa.”
“Tu voz no es invento.”
Se quitó el saco lentamente y lo colgó en el respaldo de una silla. Ese gesto me dio más miedo que un grito.
“Claudia, no hagas tonterías. Si llevas eso a la Fiscalía, nos vas a hundir a todos. ¿Quieres perder la casa? ¿Quieres que tu hija quede como cómplice? ¿Quieres cargar con una bebé que ni siquiera es tuya?”
“Esa bebé es familia.”
Ricardo golpeó la mesa con la palma.
“¡No es tu familia!”
La puerta del cuarto de lavado se abrió.
Sofía apareció con Emilia en brazos. Tenía la cara pálida, pero la mirada firme. En una mano llevaba la grabadora.
“Sí lo es”, dijo. “Es tu nieta.”
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