Aun así, no tenía opción.
Comenzó a estabilizar a Rafael.
Entonces el intercomunicador de la puerta blindada se encendió.
—Lorenzo.
La voz hizo que Valeria se congelara.
Era Emiliano.
—Abre la puerta, güey. Ya se acabó.
Lorenzo levantó lentamente la mirada.
—¿Qué hiciste?
Emiliano soltó una carcajada desde el otro lado.
—Lo que mi padre nunca tuvo el valor de hacer: tomar el control.
Valeria entendió todo.
Emiliano había entregado los códigos de seguridad.
Había revelado los horarios.
Había permitido que una organización rival entrara directamente a la propiedad.
Todo para quitar a Rafael del camino.
—¿Vendiste a tu propio padre? —preguntó Valeria.
—Él me humilló por una enfermera.
—Te corrigió porque estabas equivocado.
—¡Yo soy un Santoro!
Rafael, medio consciente sobre la mesa, abrió los ojos.
—No…
Valeria se inclinó hacia él.
—No hable.
Pero Rafael reunió fuerzas.
—Déjalo hablar. Quiero escuchar hasta dónde cayó.
Emiliano golpeó la puerta desde afuera.
—Toda la vida preferiste a Lorenzo. Siempre lo trataste como al hijo que querías tener.
Lorenzo no respondió.
Rafael sí.
—Porque Lorenzo aprendió algo que tú nunca entendiste.
—¿Qué?
—Que respeto no significa miedo.
Hubo silencio.
Luego Emiliano gritó.
—¡Abre esa maldita puerta!
Lorenzo revisó su arma.
Después miró a Valeria.
—Sálvalo.
—¿Y tú?
—Voy a asegurarme de que tengas tiempo.
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