PARTE 2
—Levántate —ordenó Rafael Santoro.
Emiliano lo miró desde el suelo, sujetándose la mandíbula.
—¿Qué demonios haces, papá? ¡Esa vieja nos faltó al respeto!
Rafael dio un paso hacia él.
—Esa mujer hizo su trabajo. Tú entraste a un hospital creyendo que tu apellido valía más que la vida de un niño.
—Soy tu hijo.
—Y por eso mismo me avergüenzas más.
Nadie se movió.
Ni siquiera los hombres de Rafael parecían haber esperado aquello.
Emiliano se puso de pie con el rostro rojo de rabia.
—Esto no se va a quedar así.
—Sí se va a quedar así —respondió Rafael—. Ahora vete al coche antes de que hagas otra estupidez.
Emiliano salió empujando las puertas de cristal.
Rafael esperó hasta que desapareció.
Después miró a Valeria.
—¿Sabe cuántas personas le han dicho “no” a mi hijo en 25 años?
Valeria negó con la cabeza.
—Ninguna.
Sacó una tarjeta negra del bolsillo del saco.
—Mi médico personal falleció hace 1 semana. Tengo una clínica privada completamente equipada. Necesito a alguien que no se arrodille cuando las cosas se pongan feas.
Valeria miró la tarjeta.
—¿Quiere contratarme?
—Le pagaré 10 veces su sueldo. Tendrá alojamiento, protección y autoridad médica absoluta.
El director del hospital intervino.
—Señor Santoro, Valeria es una empleada muy importante para nosotros…
Valeria lo miró con desprecio.
20 minutos antes estaba dispuesto a despedirla.
Rafael sonrió sin humor.
—Qué rápido cambió de opinión, doctor.
Luego regresó la mirada a Valeria.
—No necesito gente que me diga lo que quiero escuchar. Necesito a alguien capaz de decirme que estoy equivocado.
Valeria sabía que aceptar significaba entrar voluntariamente a un mundo peligroso.
Pero también sabía algo más.
El hospital acababa de demostrarle que su supuesto respaldo desaparecía en cuanto aparecía alguien con poder.
Aceptó.
3 días después llegó a una enorme propiedad en las afueras de Santiago, Nuevo León.
La casa estaba rodeada por muros, cámaras y hombres armados.
Bajo el edificio principal existía una clínica subterránea con quirófano, banco de sangre, laboratorio y una farmacia que parecía mejor surtida que la de muchos hospitales.
Allí conoció a Lorenzo Márquez.
Tenía 34 años y era la mano derecha de Rafael.
Hablaba poco.
Nunca levantaba la voz.
Y precisamente por eso todos lo escuchaban.
—Mientras esté aquí, nadie la va a tocar —le dijo durante su primera noche.
—¿Incluyendo al hijo del jefe?
Lorenzo la miró unos segundos.
—Especialmente él.
Emiliano no ocultó su odio.
Cada vez que veía a Valeria, recordaba la humillación del hospital.
Peor todavía, Rafael empezó a confiar cada vez más en ella.
Le permitía revisar sus medicamentos, controlar su presión y obligarlo a descansar cuando llevaba demasiadas horas trabajando.
Emiliano no soportaba aquello.
—Te crees muy importante, ¿verdad? —le dijo una tarde.
Valeria siguió ordenando medicamentos.
—No. Solo sé hacer mi trabajo.
—Mi padre se cansa rápido de la gente.
—Por lo que veo, contigo lleva 25 años intentando.
Lorenzo, que escuchó desde la puerta, tuvo que ocultar una sonrisa.
Emiliano se fue furioso.
Durante las siguientes 3 semanas, Lorenzo comenzó a convertirse en la sombra de Valeria.
La acompañaba en sus recorridos.
Le llevaba café cuando trabajaba de madrugada.
Y aunque ambos evitaban hablar de sentimientos, algo había empezado a cambiar.
Una noche, Valeria lo sorprendió observándola.
—¿Qué?
—Nada.
—Llevas 5 minutos viendo cómo reviso una caja de vendas.
—Quería comprobar si también regañas a las vendas.
Valeria soltó una carcajada.
Fue la primera vez que lo vio sonreír de verdad.
Pero la calma terminó un martes lluvioso.
A las 22:17, las alarmas de seguridad comenzaron a sonar.
Valeria estaba en la clínica revisando el inventario cuando Lorenzo entró corriendo.
Su traje estaba mojado.
Tenía una herida en la mejilla.
—Cierra la puerta blindada.
—¿Qué pasa?
—Nos atacaron.
A lo lejos se escucharon varias detonaciones.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Dónde está Rafael?
Lorenzo apretó la mandíbula.
—Fueron directamente por su despacho. Sabían exactamente dónde encontrarlo.
Aquello solo podía significar 1 cosa.
Alguien había entregado información desde dentro.
—Prepara trauma —ordenó Lorenzo—. Lo están trayendo.
Valeria comenzó a trabajar.
Oxígeno.
Transfusión.
Material estéril.
Medicamentos.
Minutos después, 3 hombres entraron cargando a Rafael.
Su camisa blanca estaba empapada de s.a.n.g.r.e.
Tenía 2 heridas graves en el abdomen.
—¡Sobre la mesa!
Valeria cortó la tela y revisó las lesiones.
Su expresión cambió.
—Necesito un cirujano.
—No puede llegar nadie —respondió Lorenzo—. Los accesos están bloqueados.
—Esto supera lo que puedo hacer sola.
—Si no haces nada, lo perdemos.
Valeria respiró profundamente.
Había pasado años trabajando en urgencias.
Había estudiado procedimientos avanzados.
Había asistido a cirujanos.
Pero aquello era diferente.
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