Rebeca se volvió hacia él.
—¡Te dije que no te vieran!
No se dio cuenta de lo que acababa de admitir hasta que Marcela sonrió apenas.
—Gracias, señora. Eso también quedó grabado.
Rebeca se llevó una mano a la boca.
Mis vecinos empezaron a salir. Primero doña Teresa, la maestra jubilada de enfrente. Luego el señor Óscar, que siempre regaba sus bugambilias a esa hora. Después una pareja joven de la esquina con su bebé en brazos.
Todos miraban el patio.
Todos veían lo que Rebeca había hecho.
Y entonces ocurrió algo que no esperaba.
Doña Teresa cruzó la calle y se paró junto a mí.
—Yo escuché a los niños ayer —dijo—. No estaban gritando. Estaban jugando normal.
El señor Óscar levantó la mano.
—Yo también. Esa señora se queja de todo. Una vez llamó al comité porque mi perro ladró 2 veces.
La pareja joven se acercó.
—A nosotros nos pidió que quitáramos la carriola de la cochera porque “afeaba la calle” —dijo la mujer.
Rebeca giró sobre sí misma, rodeada de voces que ya no podía controlar.
—¡Todos ustedes son unos corrientes! —gritó—. ¡Por eso este fraccionamiento se está yendo al suelo!
Camila apareció en la puerta de la cocina antes de que yo pudiera detenerla. Traía en las manos una foto enmarcada de Daniel, la que teníamos en la sala: él sonriendo junto a la alberca recién terminada, flaco por la enfermedad, pero orgulloso.
—Mi papá la hizo —dijo mi hija con voz chiquita—. ¿Por qué la tapó?
Nadie respondió.
Ni siquiera Rebeca.
Por primera vez desde que la conocí, no tuvo una frase lista.
Yo caminé hacia Camila, tomé la foto y la abracé. Sentí que el llanto me subía por la garganta, pero esta vez no lo escondí.
—Porque hay personas que creen que su tranquilidad vale más que el dolor de los demás —dije—. Pero se equivocan.
Marcela puso una mano suave en mi hombro.
—Lucía, vamos a presentar denuncia por daño en propiedad ajena, allanamiento y lo que resulte. También iniciaremos proceso civil por reparación total. El seguro de la empresa tendrá que responder, pero si hubo uso indebido de equipo, ellos también van a investigarlo.
Ernesto se pasó las manos por la cara.
—Rebeca, nos hundiste.
Ella lo miró como si él la hubiera traicionado.
—¿Yo? Tú manejaste el camión.
—Porque me dijiste que tenías permiso del comité.
—¡Lo tenía!
El inspector intervino.
—El comité vecinal no puede autorizar la destrucción de propiedad privada. Y revisaremos si hubo falsificación de documentos o reportes falsos de quejas.
Ahí supe que había más.
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