PARTE 1
—Si sus hijos vuelven a gritar, yo misma voy a terminar con esa alberca.
Eso me dijo la señora Rebeca Valdés un martes por la tarde, parada en mi jardín como si la casa fuera suya y mis 4 hijos fueran un problema que había que borrar.
Yo tenía las manos mojadas de jabón porque estaba lavando trastes cuando escuché su voz atravesar la ventana de la cocina.
No era una queja normal.
Era ese tono filoso de la gente que no pide, exige.
Salí corriendo al patio y encontré a mis hijos fuera de la alberca, inmóviles, con el agua escurriéndoles por la cara. Camila, la menor, abrazaba su flotador de patito contra el pecho. Mateo, de 10 años, estaba tan pálido que parecía que alguien le hubiera apagado la risa.
Rebeca estaba junto a la alberca con los brazos cruzados, lentes oscuros enormes y una expresión de asco.
—¿Qué está pasando? —pregunté, tratando de mantener la calma.
—Lo que pasa, Lucía, es que en esta calle todavía vivimos personas decentes —contestó—. No todos queremos escuchar a sus niños como si estuviéramos en una feria de pueblo.
Respiré hondo.
Desde que mi esposo Daniel murió, me había vuelto experta en tragarme las respuestas. Aprendí a sonreír cuando quería llorar, a agradecer cuando quería reclamar, a bajar la voz para que mis hijos no tuvieran que cargar con más problemas.
Pero esa alberca no era una alberca cualquiera.
Daniel la construyó con sus propias manos durante los últimos meses en que todavía tuvo fuerza. Era albañil, de esos hombres que podían ver un patio vacío y convertirlo en hogar. Cada loseta, cada borde, cada curva tenía algo de él. Cuando el cáncer empezó a devorarlo, él seguía saliendo al patio con su gorra vieja, midiendo, lijando, acomodando piedra por piedra.
—Quiero dejarles un verano completo —me dijo una noche, con la voz cansada.
Murió 3 semanas después de terminarla.
Así que cuando mis hijos se metían a nadar, yo no escuchaba ruido. Escuchaba a Daniel todavía cuidándolos.
—Rebeca, son niños —dije—. Están jugando en su propia casa.
—Pues deberían jugar en silencio.
—No estaban gritando.
Ella se quitó los lentes y me miró como si yo fuera una empleada insolente.
—Usted siempre tiene excusas. Primero fueron sus adornos de Día de Muertos en la entrada. Luego sus bugambilias que invadían mi vista. Ahora esta alberca.
—Mis plantas no invaden nada.
—Invaden el orden.
Mis hijos me miraban esperando que yo hiciera algo. Y quizá por primera vez en 2 años me dio vergüenza que me vieran agachando la cabeza.
—Le voy a pedir que salga de mi propiedad —dije.
La cara de Rebeca cambió. No mucho. Solo lo suficiente para que yo entendiera que jamás imaginó escucharme decir eso.
—¿Perdón?
—Entró sin permiso. Mis hijos están asustados. Salga, por favor.
Ella soltó una risa seca.
—No me hable así. Soy vocal del comité del fraccionamiento.
—No es dueña de mi patio.
Por un segundo, el aire se quedó quieto.
Luego Rebeca se acercó a la reja lateral y, antes de salir, señaló la alberca con una uña roja.
—Después no diga que no se lo advertí.
Esa noche cenamos sopa de fideo y quesadillas. Los niños estaban callados. Demasiado callados. Camila preguntó si su papá se iba a enojar porque la señora mala quería quitarles la alberca.
Sentí que algo se me rompía por dentro.
—Nadie les va a quitar lo que su papá les dejó —les prometí.
Pero no dormí.
A las 5:17 de la mañana, un estruendo me arrancó de la cama.
Primero pensé que era un temblor. Las ventanas vibraban, el piso parecía zumbar. Luego escuché el motor pesado, el rechinido metálico, el golpe húmedo de algo cayendo.
Corrí a la ventana de mi recámara.
Y lo vi.
Un camión revolvedor estaba estacionado atravesando mi jardín. La reja lateral colgaba rota. La canaleta del camión apuntaba directo a la alberca.
Un río espeso de concreto gris caía sobre el agua limpia donde mis hijos habían jugado el día anterior.
Rebeca estaba parada junto al camión, con bata de seda, el cabello perfectamente peinado y una sonrisa pequeña, satisfecha.
Su esposo, Ernesto Valdés, iba al volante. En la puerta del camión se leía: “Valdés Construcciones”.
Abrí la ventana con las manos temblando.
—¡¿Qué están haciendo?!
Rebeca levantó la vista hacia mí.
—Dándole paz a la calle.
El concreto siguió cayendo.
Y en ese instante entendí que lo que venía después iba a ser mucho peor de lo que cualquiera podría creer.
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