PARTE 2
Bajé las escaleras descalza, con el corazón golpeándome las costillas. No pensé en cambiarme. No pensé en peinarme. Solo tomé mi celular y salí al patio mientras el sonido del camión devoraba la mañana.
El aire olía a cemento mojado.
Mi alberca, la última obra de Daniel, se estaba convirtiendo en una tumba gris.
—¡Apague eso! —grité.
Ernesto me vio por el espejo lateral, pero no se movió.
Rebeca caminó hacia mí con una calma que daba miedo.
—Ya le dije que esto era necesario.
—Está destruyendo propiedad privada.
—Estoy resolviendo un problema comunitario.
—Mi casa no es comunidad. Es mi casa.
Ella sonrió.
—Lucía, por favor. No sea dramática. Sus niños nos tenían hartos a todos.
—¿A todos? —pregunté.
Rebeca abrió la boca, pero no contestó.
Ahí lo supe. No había “todos”. Solo ella.
Saqué el celular y empecé a grabar.
Primero grabé el camión. Luego la placa. Luego el logo de la empresa. Después enfoqué la canaleta arrojando concreto sobre la alberca.
—¿Me está grabando? —dijo Rebeca, perdiendo la sonrisa.
—Sí.
—No tiene mi permiso.
—Usted tampoco tenía el mío para romper mi reja y destruir la alberca de mis hijos.
Ernesto bajó por fin del camión. Era un hombre ancho, con camisa de la empresa y cara de no haber dormido bien. Miró el concreto, luego a mí, luego a Rebeca.
—Ya estuvo —murmuró—. Vámonos.
—Termina —ordenó ella.
—Rebeca…
—¡Termina!
Mis hijos aparecieron en la puerta de la cocina. Mateo tenía a Camila de la mano. Diego y Sofía estaban detrás, en pijama, con los ojos abiertos de terror.
—Mamá —susurró Sofía—, la alberca de papá…
No pude llorar. Todavía no.
Me agaché frente a ellos.
—Entren. No miren esto.
—Pero…
—Entren, por favor.
Cuando volvieron a la casa, sentí algo que no había sentido desde el funeral de Daniel: una rabia limpia, dura, casi fría.
Ya no era tristeza.
Era límite.
Llamé a mi cuñado Javier, hermano de Daniel. Él trabajaba como topógrafo para una constructora en Querétaro y conocía a medio mundo en obras, permisos y pleitos de terrenos.
Contestó al segundo tono.
—¿Lucía? ¿Todo bien?
—Necesito que vengas.
—¿Qué pasó?
Miré a Rebeca.
—La vecina llenó la alberca de Daniel con concreto.
Hubo silencio.
Luego Javier dijo:
—No toques nada. Graba todo. Voy con un abogado.
A las 8 de la mañana, el patio parecía escena de desastre. La alberca estaba cubierta por una masa gris irregular. La reja lateral tenía el candado reventado. Había huellas de llanta sobre mi pasto y una marca profunda cerca del cuarto de máquinas.
Rebeca había vuelto a su casa, pero seguía asomada por la ventana.
A las 9:30 llegó Javier con una abogada llamada Marcela Ríos y un perito. No llegaron solos. También venía un inspector municipal de Desarrollo Urbano, porque Javier, antes de salir, había hecho una llamada que cambiaría todo.
Marcela caminó por el patio sin decir mucho. Tomó fotos, pidió mi video y revisó los papeles de la casa.
—¿Tienes escrituras y planos? —me preguntó.
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