Mariana no preguntó qué sabía Diego.
Guardó el sobre dentro del expediente de su padre y salió de la recámara con el teléfono todavía en la mano.
Diego se atravesó junto a la puerta.
—¿Qué te dijo ese abogado?
La pregunta confirmó lo que su cara ya había revelado: no quería saber quién era el licenciado Cárdenas; quería saber cuánto había contado.
—Que no me vaya todavía —respondió Mariana.
Diego tragó saliva.
Abajo, Teresa seguía junto al tablero eléctrico, que había quedado abierto después de bajar el interruptor.
—¿Ahora qué drama traes? —preguntó cuando vio bajar a Mariana.
Mariana no contestó.
Se acercó al tablero.
Por primera vez reparó en algo que había visto cientos de veces sin prestarle atención: detrás de la caja metálica, uno de los bordes del recubrimiento no quedaba pegado al muro como los demás.
Su padre había hecho reparaciones en esa casa años atrás.
Y Mariana recordó una frase que él repetía cuando ella perdía algo importante:
“Lo que vale la pena cuidar nunca se deja donde todos buscan”.
Diego avanzó dos pasos.

—Mariana, no le muevas ahí. Puede ser peligroso.
Ella se volvió.
No era preocupación lo que había en su voz.
Era urgencia.
Teresa miró a su hijo, después a Mariana y finalmente al tablero.
—¿Qué está pasando?
Diego no respondió.
Y esa vez, su silencio dejó de protegerlo.
Mariana entendió que Teresa quizá llevaba meses actuando como dueña de la casa, pero Diego llevaba mucho más tiempo sabiendo que había algo escondido detrás de aquella pared.
Hasta unos minutos antes, Mariana había pensado que el problema de aquella noche era sencillo, aunque doloroso.
Había llegado a casa después de 13 horas en el hospital, con los pies inflamados, el uniforme pegado al cuerpo por el calor y la cabeza todavía llena de las voces de pacientes que había atendido durante la ola de calor.
Solo quería aire fresco.
Diez minutos.
Nada más.
Había encontrado 2 tortillas duras, un poco de frijoles y aquella nota que Teresa había dejado como si Mariana necesitara otra prueba de que su ausencia por trabajo era interpretada como abandono.
“Para Mariana, si aparece”.
La frase seguía dándole vueltas.
No porque fuera la peor cosa que Teresa le hubiera dicho durante aquellos 8 meses.
Era peor lo acostumbrada que se había vuelto Mariana a tragarse cosas así.
Teresa criticaba la hora a la que llegaba, cuánto gastaban, lo que Mariana cocinaba cuando alcanzaba a cocinar, la ropa que dejaba secando, las compras del supermercado y hasta la forma en que organizaba su propia cocina.
Había llegado después de una operación de rodilla diciendo que necesitaría ayuda unas semanas.
Las semanas se habían convertido en meses.
Y en algún punto, sin que Mariana pudiera señalar el día exacto, Teresa había dejado de comportarse como invitada.
Decidía.
Ordenaba.
Revisaba.
Corregía.
Diego siempre encontraba una manera de convertir cada conflicto en algo que Mariana debía soportar un poco más.
“Mamá está sensible”.
“Mamá todavía se está recuperando”.
“No hagas grande algo pequeño”.
“Ya sabes cómo es”.
Y aquella noche, cuando Teresa había bajado el interruptor y apagado el minisplit frente a ella, Diego había elegido otra vez la misma salida.
—Mariana, por favor… no empieces.
Esa frase había sido distinta.
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