—Es mi hija.
Esa noche regresaron.
La puerta de la caseta tenía una cerradura por fuera.
Arturo logró abrirla y llamó de inmediato a una excompañera de la fiscalía para advertirle que quizá habían encontrado a una persona privada de su libertad.
Dentro olía a humedad. Había un colchón viejo, una parrilla, agua, ropa gastada y decenas de fotografías de Emiliano pegadas en la pared: en la escuela, en el parque, comiendo helado con Esteban.
Eran las mismas imágenes que el abuelo enviaba a Rodrigo cada mes.
En una esquina, una mujer se puso de pie con terror.
Esteban reconoció primero los ojos.
—Mariana…
La mujer se tapó la boca.
—Papá.
Él quiso abrazarla, pero ella retrocedió.
—No puedes estar aquí. Si Rodrigo sabe que me encontraste, todo se va a acabar.
—¿Qué te hizo ese desgraciado?
Mariana comenzó a llorar.
—Yo acepté esconderme.
Esteban se quedó inmóvil.
La explicación fue peor.
6 años atrás, Mariana había ido a reclamarle a Fernanda 180,000 pesos. Rodrigo insistió en que se reconciliaran.
Fernanda sirvió vino. Mariana se mareó demasiado rápido. Discutieron y, tras un empujón, Fernanda cayó junto a una mesa. Había sangre y no reaccionaba.
Mariana llamó a Rodrigo desesperada.
Él llegó, revisó a Fernanda y aseguró que estaba muerta.
—Me dijo que yo la había matado —contó Mariana—. Que iba a ir a prisión. Que me iban a quitar a Emiliano. Yo tenía 26 años, papá. Mi hijo tenía 6 meses.
Rodrigo le ofreció una salida.
Fingirían que Mariana moría en un accidente, la esconderían unos meses y después escaparían juntos con el bebé.
—Me juró que serían 6 meses.
Pero 6 meses se convirtieron en 6 años.
Leave a Comment