Nadie lo obedeció.
Esa noche fue arrestado.
Pero la historia todavía no terminaba.
Al amanecer, en casa de Mariana, conectaron la segunda memoria USB en una computadora sin internet. Emiliano estaba sentado junto a Teresa, con los ojos rojos de tanto llorar y la mandíbula apretada como si intentara ser más fuerte de lo que cualquier niño debía ser.
La memoria pidió contraseña.
Arturo, mirando la pantalla, susurró:
—Luz del puerto.
El sistema se abrió.
Aparecieron carpetas con videos, recibos, mapas, pagos, nombres de doctores, policías, funcionarios y directivos. Había testimonios de familias enfermas, análisis del agua, fotografías de bidones enterrados cerca del río.
Y una carpeta más.
EMILIANO.
Valeria sintió que el corazón se le detenía.
—No puede ser…
Mariana abrió el archivo.
En la pantalla apareció Mateo Rivas.
Tenía el rostro golpeado, la camisa rota y la mirada cansada. Estaba en una cabaña de madera, hablando en voz baja. La fecha marcaba 2 días después de su desaparición.
Valeria se llevó las manos a la boca.
Emiliano se levantó lentamente.
—Mamá…
Mateo miró a la cámara como si pudiera verlos a través del tiempo.
—Valeria, si estás viendo esto, perdóname por no volver. Castañeda sabe que tengo pruebas. Si sobrevivo, voy a buscarte. Si no sobrevivo, necesito que sepas algo.
Arturo empezó a temblar.
Mateo continuó:
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