“Andrés Santillán, queda detenido por agresión agravada, conspiración, alteración de evidencia, fraude corporativo y explotación patrimonial de una persona adulta mayor.”
Lucía soltó un grito.
“No. No, esto no puede estar pasando.”
La enfermera intentó caminar hacia la puerta trasera, pero uno de los agentes le cerró el paso.
Mariana se volvió hacia mi hija.
“Lucía Herrera, también queda detenida por conspiración, explotación financiera y obstrucción.”
Mi hija me miró con una desesperación que quizá en otro tiempo me habría hecho correr hacia ella.
“Mamá, por favor. Soy tu hija.”
Esa frase, en su boca, sonó como una llave oxidada tratando de abrir una puerta que ya no existía.
“Lo eras cuando me preguntaste si ya me había tomado la bebida”, respondí.
Lucía negó con la cabeza, llorando.
“Yo estaba preocupada.”
“No. Estabas comprobando si había funcionado.”
Andrés señaló a Daniel.
“Ese mesero está mintiendo. Seguro quiere dinero.”
Daniel dio un paso al frente. Le temblaba la voz, pero no se quebró.
“Yo lo vi sacar el frasco. Lo vi servirlo. Y escuché cuando dijo que al día siguiente la señora ya no iba a estorbar.”
El gerente del restaurante también había entregado su declaración. Las cámaras mostraban a Andrés acercándose a mi copa mientras Lucía miraba hacia la entrada para distraer al personal. Otra cámara, desde un espejo del salón, captó el movimiento exacto de su mano.
Andrés dejó de negar.
Entonces hizo lo que hacen muchos cobardes cuando se rompe el disfraz: buscó a alguien más a quien arrastrar.
“Fue idea de ella”, escupió, señalando a Lucía. “Ella dijo que su madre no iba a soltar nada viva. Ella buscó la residencia. Ella contrató a la enfermera.”
Lucía abrió la boca como si él le hubiera clavado un cuchillo.
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