Ni Lucía ni Andrés podían tocar nada.
Pero ellos no lo sabían.
Tomé la pluma y dejé que mi mano temblara.
Lucía sonrió con alivio.
“Eso, mamá. Vas a estar mejor.”
Justo antes de firmar, la dejé caer.
“Me siento mareada.”
La enfermera se movió rápido, pero no hacia mí. Primero recogió los documentos. Ese gesto me dijo todo.
Me hundí en el sillón, fingiendo debilidad. Debajo de la mesa, una grabadora pequeña registraba cada palabra.
Andrés murmuró:
“Cuando esté internada, impugnamos el fideicomiso. Diremos que no estaba en condiciones de cambiar nada.”
Lucía respondió en voz baja:
“¿Y si aparece algo del restaurante?”
“No va a aparecer. A estas alturas, todos creen que tu mamá está perdiendo la cabeza.”
Me quedé inmóvil.
Entonces mi hija dijo la frase que terminó de romperme:
“Me prometiste que esto estaría resuelto antes del viernes.”
Ya no era una hija manipulada. Era una socia impaciente.
El timbre sonó.
Andrés se enderezó.
“¿Esperabas a alguien?”
“Sí”, dije, abriendo los ojos. “A mi abogado.”
Su rostro recuperó arrogancia.
“Perfecto. Él puede explicar que esto es necesario.”
Entró el licenciado Rodrigo Salazar, mi abogado desde hacía veinte años, ex fiscal federal y presidente del consejo del fideicomiso. No venía solo. Dos auditores forenses lo acompañaban con carpetas gruesas.
Andrés dejó de sonreír.
Rodrigo se sentó frente a él.
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