Verónica sintió que las piernas le temblaban. Quería gritar, llorar, romper algo. Pero la voz de Simón, incluso ausente, la sostuvo.
No discutas. No dejes que conviertan tu duelo en defensa.
El policía auxiliar pidió que todos se apartaran de las maletas. Luis supervisó mientras los familiares sacaban una por una las pertenencias de Simón y las devolvían a su sitio. Cada objeto regresaba como una pequeña reparación: las camisas al clóset, los libros al librero, la laptop al escritorio, los relojes a la charola de madera junto a la cama.
Óscar intentó guardar un reloj en el bolsillo.
El policía lo vio.
—Déjelo sobre la mesa.
Óscar lo soltó de inmediato.
Mariana lloraba en silencio, pero no de tristeza. Era miedo. Miedo de que las fotos, los accesos y los documentos dijeran más de lo que ella podía explicar.
Doña Graciela permanecía de pie en medio de la sala, rígida, derrotada pero todavía venenosa.
—Todo esto es culpa tuya —le dijo a Verónica—. Antes de ti, Simón era un buen hijo.
Verónica la miró con los ojos secos.
—No. Antes de mí, Simón era una cuenta abierta.
La frase golpeó más fuerte que un insulto.
Adriana conectó una memoria USB a la laptop de Simón. La pantalla tardó unos segundos en encender. Luego apareció él.
Simón estaba sentado en una cama de hospital. Tenía el rostro delgado, la voz baja y los ojos cansados, pero seguía siendo él: sereno, preciso, con esa forma de hablar que nunca necesitaba volumen para imponerse.
Verónica se cubrió la boca.
—Vero —dijo Simón en el video—, si estás viendo esto, significa que no pude volver a casa. Perdóname por eso. Perdóname también por haberte dejado una última pelea que no era tuya.
Verónica empezó a llorar en silencio.
Simón respiró con dificultad, pero sonrió apenas.
—Si mi familia está ahí, espero que hayas hecho lo que te pedí. Espero que te hayas reído.
A Verónica se le escapó una risa rota entre lágrimas.
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