El hombre abrió un documento.
“Grupo Médico Horizonte confirma a la señora Mariana Rivas como beneficiaria sucesora y titular del control mayoritario del setenta y dos por ciento del Hospital Santa Catalina.”
El silencio cayó sobre las mesas como una sábana helada.
Ricardo dejó de sonreír.
Valeria bajó la mirada.
Doña Teresa se puso de pie.
“Eso es imposible.”
Mariana llegó al pie del escenario.
El presidente del consejo le ofreció el micrófono.
Ella lo tomó.
“Hace unas semanas”, dijo, con voz clara, “mi esposo me arrancó el gafete frente al personal de terapia intensiva y dijo que yo no volvería a pisar su hospital.”
Miró a Ricardo.
“El hospital nunca fue suyo.”
Un murmullo recorrió el salón.
Ricardo avanzó hacia ella con las manos abiertas.
“Mariana, esto podemos hablarlo en privado.”
“No”, contestó ella. “Durante años hablamos en privado. Esta noche vamos a hablar donde todos puedan escuchar.”
“Ese proyecto ya está aprobado.”
“No por mí.”
“Tenemos tu firma.”
Entonces Gabriel Aranda subió al escenario acompañado por dos peritos en grafoscopía y dos representantes legales. La pantalla cambió. Aparecieron dos firmas: una real de Mariana y otra colocada en el contrato de ampliación.
Gabriel tomó el micrófono.
“La autorización usada para este acuerdo es falsa. Además, existen correos y documentos que vinculan al señor Ricardo Salazar con la manipulación de expedientes internos, la creación de deudas a nombre de su esposa y un intento de desacreditarla dentro de un proceso de custodia.”
Ricardo volteó hacia Valeria.
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