La gala anual del Hospital Santa Catalina se celebró en un hotel de Reforma, en un salón con candelabros enormes, arreglos florales blancos y mesas llenas de empresarios, médicos, políticos locales y donadores con sonrisas de fotografía.
Ricardo Salazar subió al escenario con Valeria tomada de su brazo.
Llevaba un traje negro, un reloj brillante y la expresión de un hombre que ya se imaginaba dueño de una corona. En la primera fila, Doña Teresa aplaudía antes de que él dijera una sola palabra.
“Esta noche”, comenzó Ricardo frente al micrófono, “marcamos el inicio de una nueva etapa para el Hospital Santa Catalina. La ampliación nos convertirá en una de las instituciones médicas privadas más importantes del país.”
La pantalla detrás de él mostró imágenes del proyecto: torres nuevas, quirófanos, consultorios de lujo, helipuerto.
La gente aplaudió.
Casi nadie notó cuando Mariana entró al salón.
No llevaba uniforme.
Vestía un traje azul marino, sencillo, elegante, con el cabello recogido y una carpeta de piel entre las manos. Caminó entre las mesas con una calma que hizo voltear a las enfermeras invitadas del hospital.
Al verla, Ricardo perdió medio segundo de sonrisa.
Valeria se tensó.
Doña Teresa murmuró algo que nadie escuchó.
Antes de que Ricardo pudiera continuar, el presidente del consejo tomó el micrófono.
“Antes de firmar cualquier acuerdo, debemos cumplir con la lectura anual de la estructura de propiedad del Hospital Santa Catalina.”
Ricardo frunció el ceño.
“Eso puede esperar.”
“No”, respondió el presidente. “No puede.”
El salón se quedó quieto.
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