PARTE 2
Mariana llegó al café de la colonia Del Valle con lentes oscuros, el cabello recogido y una carpeta azul escondida dentro de una bolsa de tela. No pidió pan dulce. No pidió café. Solo se sentó frente a su madre y sacó copias de contratos, pagarés, actas constitutivas y hojas del SAT.
“Yo no firmé esto, mamá”, murmuró. “Te juro que no.”
Teresa revisó los documentos sin mostrar sorpresa, aunque por dentro se le estaba cayendo el mundo. Había firmas de Mariana en solicitudes de crédito, autorizaciones notariales y contratos mercantiles. Algunas parecían copiadas de documentos antiguos. Otras estaban hechas con una e.firma que Rodrigo insistía en controlar.
“Lidia dice que ahora soy una Aranda y debo sacrificarme por la familia”, dijo Mariana. “Rodrigo me hacía firmar hojas en blanco. Decía que eran trámites normales de la empresa.”
Teresa tomó sus manos frías.
“Escúchame bien. No vuelves a firmar nada. Ni una servilleta.”
Mariana bajó la mirada.
“Si no firmo, Rodrigo se enoja. Dice que me va a dejar sin nada.”
“Entonces que se enoje.”
Teresa no le reveló todavía que ella podía aplastar a Industrias Aranda con una sola llamada. Necesitaba que Rodrigo se creyera dueño del tablero. Si se enteraba antes de tiempo, podía destruir archivos, culpar a un contador o desaparecer el dinero.
Esa tarde, Teresa llevó las copias con el abogado Ignacio Robles, un hombre discreto que había protegido a la familia Morales desde que el taller tenía solo 4 empleados.
“Esto es fraude”, dijo Ignacio después de revisar los papeles. “La notaría certificó firmas sin presencia física. Hay suplantación de identidad, falsificación y posible administración fraudulenta. Pero necesitamos probar quién ordenó todo y a dónde se fue el dinero.”
“Lo vamos a probar”, respondió Teresa.
Al día siguiente, Teresa volvió a la casa de los Aranda con Mariana. Fingió estar confundida.
“Creo que perdí la memoria de la e.firma”, dijo.
Lidia soltó una risa cruel.
“Por eso la gente de taller no entiende negocios grandes. Todo lo pierden, todo lo ensucian.”
Rodrigo apareció con una carpeta negra bajo el brazo.
“No importa”, dijo. “Mañana llevo a Mariana al SAT para tramitar otra e.firma. Esta vez yo la voy a guardar.”
Teresa notó un sobre de cobranza judicial sobre el comedor. Los Aranda ya habían recibido el primer aviso. Aun así, seguían actuando como reyes dentro de un castillo incendiado.
Esa noche, Héctor le envió un reporte confidencial. Rodrigo había transferido millones a una mujer llamada Valeria Ponce, a quien pagaba un departamento en Santa Fe, joyas y viajes. También había redactado un convenio de divorcio con la firma falsificada de Mariana. El plan era claro: cargarle la deuda de 216 millones, sacar un último crédito con su nueva e.firma y echarla de la casa.
Teresa llamó a su hija.
“Entra a la oficina de Rodrigo. Toma fotos de todo. No te lleves documentos físicos.”
Mariana respiró con miedo.
“¿Y si llega?”
“No discutas. Sal de ahí.”
Una hora después, Mariana llamó en susurros.
“Mamá, encontré una caja metálica en el clóset. Hay estados de cuenta de Valeria, contratos de renta, transferencias y el convenio de divorcio. Mi firma está falsificada.”
Teresa escuchó el clic de la cámara del celular.
De pronto, una puerta se abrió.
“¿Mariana?”, gritó Rodrigo desde el pasillo. “¿Qué haces en mi oficina?”
El teléfono se movió. Se oyó un golpe seco, como si algo hubiera caído al piso.
“Sal de ahí ahora”, ordenó Teresa.
Mariana jadeó.
“Viene caminando hacia acá.”
Luego se escuchó la voz de Rodrigo, furiosa:
“¿Qué estás haciendo con mis documentos privados?”
La llamada se cortó.
Teresa marcó una vez, dos veces, cinco veces.
Solo entraba el buzón.
Y por primera vez en años, la mujer que había construido un imperio desde un taller lleno de grasa sintió un miedo que ningún banco, ningún contrato ni ningún enemigo le había provocado jamás.
PARTE 3
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