Mi esposo me estrelló la cabeza contra el espejo del baño solo porque le pregunté dónde había ido a parar su sueldo. Mi suegra se acomodó el cabello frente al cristal manchado de sangre y ordenó: “Limpia este desastre.” Mi suegro le entregó una cerveza a su hijo y se rio de mí. Pero cuando mi mano temblorosa encontró el llavero escondido en el bolsillo, ninguno de los tres imaginó que aquellos clics acababan de poner en marcha su propia caída.

Mi esposo me estrelló la cabeza contra el espejo del baño solo porque le pregunté dónde había ido a parar su sueldo. Mi suegra se acomodó el cabello frente al cristal manchado de sangre y ordenó: “Limpia este desastre.” Mi suegro le entregó una cerveza a su hijo y se rio de mí. Pero cuando mi mano temblorosa encontró el llavero escondido en el bolsillo, ninguno de los tres imaginó que aquellos clics acababan de poner en marcha su propia caída.

PARTE 2

Mauricio no permitió que Adriana saliera del baño hasta que Beatriz comprobó que no quedaban manchas visibles en el piso. Después la sujetó del brazo, la llevó al dormitorio de visitas y cerró con llave desde afuera.

—Vas a quedarte ahí hasta que aprendas a comportarte —gritó—. Y mañana llamarás a tu oficina para decir que estás enferma.

Adriana apoyó la espalda contra la puerta. Le dolía la cabeza y tenía náuseas, pero el llavero seguía transmitiendo. Del otro lado escuchó el tintinear de vasos y las voces de sus suegros.

—¿Y si llama a la policía? —preguntó Beatriz.

Ernesto soltó una carcajada.

—Dirá lo de siempre: que se cayó. Además, ¿quién va a creerle a ella contra toda esta familia?

Aquella frase quedó grabada con una claridad perfecta.

Ignoraban que Adriana llevaba tres semanas reuniéndose con una abogada del Centro de Justicia para las Mujeres. También había entregado a Javier fotografías de paquetes sellados, depósitos fraccionados y libretas que Mauricio escondía en el sótano. Al principio pensó que se trataba de evasión fiscal. Después comprendió que las cantidades eran demasiado grandes y los nombres demasiado peligrosos.

Por eso el llavero no estaba conectado únicamente con Javier. Desde que Adriana aceptó colaborar como testigo, la alerta también llegaba a la célula operativa que seguía las finanzas de Mauricio.

La cerradura giró al anochecer.

Mauricio entró con los ojos enrojecidos y arrojó sobre la cama una carpeta azul. Beatriz apareció detrás de él sosteniendo varias fotografías de los moretones de Adriana.

—Mamá encontró esto en tu escritorio —dijo Mauricio—. Estados de cuenta, fotos, copias de mis transferencias. ¿Pensabas denunciarme?

Adriana dejó que sus hombros se hundieran.

—Tenía miedo.

Él sonrió, satisfecho.

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