El salón quedó tan callado que se escuchó el zumbido de las luces sobre el escenario.
Diego miró la carpeta en manos de Arturo como si dentro hubiera un animal vivo. Valeria retrocedió medio paso. El presidente del consejo, Ernesto Cárdenas, pidió a los músicos que dejaran de tocar. La melodía se cortó a la mitad, dejando la gala suspendida en una incomodidad perfecta.
“Propongo que pasemos a una sala privada”, dijo Ernesto, tratando de salvar lo que quedaba de imagen pública.
Arturo negó con calma.
“Cuando una empresa invita a médicos, inversionistas, empleados y prensa para celebrar su futuro, todos tienen derecho a saber por qué ese futuro no será anunciado esta noche.”
Diego se acercó a él.
“Esto es una venganza familiar.”
“No”, respondió Arturo. “Es diligencia financiera. La parte familiar empezó cuando humillaste a mi hija con dinero de su propia casa.”
Un murmullo recorrió el salón.
Mariana sintió que muchas miradas se posaban sobre ella, pero esta vez no bajó la cabeza. Por años había aprendido a hacerse pequeña para no incomodar a Diego. Esa noche, su sola presencia lo estaba desarmando.
Arturo abrió la carpeta.
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