En fotos.
En notas de voz donde se burlaba de Mariana y preguntaba cuánto faltaba para “quedarse con todo sin esas niñas metidas”.
Yo escuché una sola vez esos archivos.
Una sola.
Después prometí que la siguiente persona que los escucharía sería Arturo, pero no en privado.
La boda fue en un hotel de lujo frente a la avenida López Mateos. Había orquídeas blancas, lámparas doradas, meseros con charolas de champaña y una pantalla enorme preparada para proyectar fotos románticas de los novios.
Arturo estaba junto al altar, vestido de marfil, riéndose con empresarios y familiares que habían preferido creer su versión: que Mariana había muerto de una enfermedad larga, que las niñas estaban mejor conmigo, que él merecía otra oportunidad.
Brenda llevaba un vestido blanco brillante y una sonrisa de reina recién coronada.
Yo no estaba invitado.
Mis nietas tampoco.
Pero a las 7:42 de la noche, antes de que sonara la marcha nupcial, las puertas del salón se abrieron.
Entré con el mismo traje oscuro que había usado en el funeral de Mariana.
A mi derecha venía la abogada.
A mi izquierda, dos agentes de la Fiscalía.
Detrás de nosotros caminaban Lucía, Renata y Abril.
Lucía sostenía una carpeta de piel contra el pecho. Renata llevaba la libreta de su mamá dentro de una bolsa transparente. Abril caminaba tomada de la mano de sus hermanas, con los ojos grandes, pero sin bajar la cabeza.
La música se cortó.
Las conversaciones murieron.
Más de 200 invitados voltearon al mismo tiempo.
Arturo dejó la copa sobre una mesa. Su cara cambió de color.
—¿Qué hacen aquí? —gruñó—. No fueron invitados. Seguridad, sáquenlos.
Nadie se movió.
La abogada dio un paso al frente.
—No venimos a la boda. Venimos a cumplir la última voluntad de Mariana.
Brenda soltó una risa áspera.
—Qué ridículo. Esa mujer ya está muerta. No tiene voluntad.
Lucía levantó la mirada.
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