Doña Teresa lo miró.
Esa pregunta, tan simple, valía más que cualquier discurso.
—Ayúdale a tu papá con el asador.
—Claro.
Sofía, de 2 años, corría por el patio con unos tenis rosas, persiguiendo una mariposa cerca de las macetas.
—¡Abuela Tere! —gritó—. ¡Mira!
Doña Teresa salió.
Sofía sostenía una florecita amarilla.
—¿La ponemos en la mesa?
—Claro que sí.
La pusieron en un vaso pequeño, justo al centro.
Cuando todos comieron, nadie sacó recipientes.
Nadie eligió la mejor carne antes de tiempo.
Nadie criticó la salsa.
Nadie hizo sentir a doña Teresa como sirvienta de su propia casa.
Al final, ella misma preparó sobrantes.
Un poco para Lupita.
Otro tanto para Fernanda.
Un plato para Carmen, que viajaba al día siguiente.
Y un recipiente pequeño para Daniel, porque Sofía había descubierto que le encantaba el chorizo en pedacitos.
La diferencia era sencilla.
Esa vez, doña Teresa ofreció.
Nadie tomó.
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