Colocó dos expedientes sobre la mesa. Uno de Puebla, otro de Guanajuato. En ambos casos había viudos o adultos mayores que habían perdido ahorros, terrenos o joyas familiares después de conocer a mujeres que usaban nombres falsos. Mariela aparecía en varias fotografías. Patricia recibía depósitos. Doña Elvira organizaba las entradas a las casas.
Ramiro miró a Mariela.
—¿Cuándo empezó lo de Diego?
Ella se limpió las lágrimas, exagerando el temblor de la voz.
—Yo nunca quise hacerle daño.
—No te pregunté eso.
Mariela bajó la mirada.
—Mi mamá dijo que Diego era un problema. Que mientras él siguiera siendo el centro de tu vida, tú nunca me ibas a firmar una carta poder ni a poner propiedades a mi nombre.
Ramiro sintió que el aire se le volvía vidrio en la garganta.
Doña Elvira habló con una frialdad que hizo callar incluso a los policías.
—El muchacho estorbaba. Había que hacerlo parecer grosero, flojo, agresivo. Cuando llegara el momento, tú mismo aceptarías mandarlo a un internado o con algún pariente.
—¿Y los golpes? —preguntó Ramiro.
—Disciplina.
—¿Y dejarlo sin comer?
—Consecuencias.
—¿Y obligarlo a mirar su cumpleaños desde afuera?
Por primera vez, Doña Elvira no respondió.
Bruno empezó a llorar.
—Mi abuela me decía que lo provocara —soltó—. Que grabara solo cuando Diego reaccionara. Me prometieron una moto cuando cumpliera dieciocho.
Patricia se cubrió la cara.
—Mi mamá planeaba todo —dijo entre dientes—. Mariela elegía a los hombres. Yo retiraba el dinero. Mi papá vigilaba cuándo Ramiro salía de viaje.
En ese momento, Don Aurelio, el padre de Mariela, que había estado callado junto a la camioneta, levantó las manos.
—Yo no sabía nada del dinero.
Ramiro lo miró sin pestañear.
—Pero sí sabías lo que le hacían a mi hijo.
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