Durante varios segundos, nadie se movió.
Mariela tenía una mano sobre la mesa del porche, como si necesitara sostenerse para no caer. Patricia miraba hacia la calle, midiendo mentalmente la distancia hasta la esquina. Bruno, pálido y sudando, dejó de fingir valentía cuando vio que el policía no se apartaba de la puerta.
Doña Elvira, en cambio, permanecía erguida.
No parecía arrepentida.
Parecía molesta por haber sido descubierta.
La viuda de San Luis dijo llamarse Teresa Robledo. Tenía setenta y dos años y había viajado a Querétaro apenas recibió las fotografías de la carpeta.
—Esta señora se presentó conmigo como cuidadora —explicó—. Primero me llevaba sopita, me acomodaba las medicinas, me decía que yo merecía descansar. Después empezó a meterme miedo. Que mis hijos querían internarme, que mi nuera me iba a quitar la casa, que solo ella podía protegerme. Cuando le creí, ya tenía mis claves, mis tarjetas y una carta poder.
Doña Elvira soltó una risa seca.
—Una anciana confundida puede decir cualquier cosa.
Renata Cárdenas abrió otra carpeta.
—No es la única.
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