Mariana escuchó cada palabra. El micrófono oculto bajo su blusa también.
Rebeca tomó el frasco de pastillas y lo abrió frente a todos. Sacó una cápsula, la rompió y dejó caer un polvo gris sobre la mesa.
Entonces gritó.
“¡Esto no es lo que yo compré! ¡Alguien cambió el medicamento!”
Todos miraron a Mariana.
Mauricio levantó la voz: “Ella fue la única que estuvo aquí. Ella controló la comida, las llaves y las medicinas.”
El doctor Rivas examinó el polvo sin guantes y declaró: “Esto explicaría el deterioro del paciente.”
Mariana lo miró fijamente.
“¿Puede saber eso sin laboratorio?”
El doctor se endureció.
“Tengo experiencia.”
“¿La misma experiencia con la que firmó que Daniel no podía despertar sin hacerle estudios reales?”
El silencio cayó pesado.
Don Ernesto sacó una carpeta azul.
“Firma esto ahora.”
Mariana leyó el documento en voz alta. Decía que ella aceptaba haber sido responsable del cuidado de Daniel, que autorizaba a la familia a tomar control de la empresa y que renunciaba a disputar cualquier seguro.
“También dice que no podré reclamar la póliza”, dijo.
“Es un trámite estándar”, respondió Don Ernesto. “Para proteger el patrimonio familiar.”
“¿Cuál familia?”, preguntó Mariana. “¿La del hijo que está en esa cama o la que ya imprimió su acta de defunción?”
Los murmullos recorrieron la sala.
Rebeca se llevó una mano al pecho. “¿Cómo te atreves?”
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