Mariana no durmió.
Tomás copió los archivos en varias memorias. La doctora Robles redactó un informe urgente: Daniel respondía a estímulos, entendía órdenes simples y no debía recibir más sedantes. Brenda entregó su celular, la libreta negra y los audios donde Mauricio le indicaba qué escribir.
Pero Tomás sabía que eso no bastaba.
“Los Urrutia tienen dinero, contactos y abogados”, le dijo a Mariana. “Si denunciamos mal, dirán que la enfermera actuó sola. Necesitamos que hablen delante de testigos.”
Así que prepararon el escenario.
Un notario llegó en silencio. También un perito contable, un representante de los inversionistas y dos agentes ministeriales que esperaron afuera de la residencia, detrás del portón. Daniel, demasiado débil para mantenerse despierto mucho tiempo, aceptó fingir que seguía inconsciente.
A las cuatro de la tarde, las camionetas negras volvieron.
Rebeca entró primero con lentes oscuros, perfume caro y una expresión de madre devastada.
“Mi niño”, dijo, corriendo hacia la cama. “Me fui unos días y mira cómo te dejó esta mujer.”
Sus ojos no buscaron a Daniel. Buscaron la libreta, el frasco de pastillas y la cámara.
Don Ernesto entró después, apoyado en su bastón de madera fina.
“Se ve peor”, dijo sin emoción. “¿Qué hiciste, Mariana?”
“Lo cuidé”, respondió ella.
Mauricio dejó su maleta junto al sillón. “La libreta dirá otra cosa.”
Álvaro fue el último. Tenía el rostro gris. Al pasar junto a Mariana, apenas movió los labios.
“Perdón.”
Ella no contestó. El miedo no lo convertía en inocente.
En menos de media hora, la casa se llenó de tíos, primos y vecinos ricos del fraccionamiento. Rebeca dijo que quería “acompañar a su hijo con amor”. En realidad, quería público para el juicio privado que estaba a punto de inventar.
El doctor Rivas llegó con su maletín. Ni siquiera revisó a Daniel. Se acercó a Don Ernesto y susurró: “¿Ya firmó?”
“Todavía no”, respondió el viejo.
Leave a Comment