Rodrigo empezó a sudar. Su arrogancia se quebró y, como todos los cobardes, intentó cambiar de máscara.
“Mariana, mi amor”, dijo, acercándose con una sonrisa falsa. “Todo esto podemos arreglarlo en casa. Somos esposos. Yo solo quería construir una vida mejor para nosotros.”
Solté una risa breve, seca, imposible de reconocer en mí.
“¿Una vida mejor para nosotros? Durante cinco años dejaste que tu madre me llamara parásita, que tu hermana robara mis cosas, que tu amante gastara dinero de mi familia y que tus empleados sufrieran. Y la noche en que murió mi padre, me encerraste en la casa y me ordenaste arrastrarme debajo de un perro.”
El salón entero contuvo el aire.
Rodrigo miró alrededor. Por primera vez, nadie lo admiraba.
“Estaba tomado”, murmuró. “No sabía lo que hacía.”
“Sabías exactamente lo que hacías”, respondí. “Te encantaba verme humillada.”
En ese momento, las puertas del fondo se abrieron de golpe.
Ximena entró corriendo, con el maquillaje corrido y el cabello desordenado.
“¡Rodrigo!”, gritó. “¡Congelaron mis cuentas! ¡Hay gente afuera del departamento llevándose todo!”
Rodrigo se giró con odio.
“¡Cállate!”
“¡Me juraste que ese dinero era tuyo!”, chilló ella. “¡Me dijiste que Mariana era una fracasada sin un peso y que esta semana ibas a divorciarte!”
Yo hice una señal al técnico.
Un audio empezó a sonar en las bocinas del salón. Era la voz de Ximena, clara, burlona, proponiendo crear nuevas empresas proveedoras para seguir desviando dinero sin levantar sospechas.
Ximena retrocedió.
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