Daniel seguía mirando el contrato.
—¿Ibas a vender la casa de mi mamá?
Lorena giró hacia él.
—¡Iba a ayudarlos a todos! ¿O tú crees que tus deudas desaparecen solas? ¿Crees que la colegiatura se paga con buenas intenciones? Tu mamá vive sola en una casa enorme para una persona. Nosotros somos familia.
Mercedes sintió que aquellas palabras al fin arrancaban la máscara.
Familia.
La palabra que usaban como llave maestra.
Familia para entrar.
Familia para decidir.
Familia para tocar sus papeles.
Familia para vender sus recuerdos.
—Esta casa no es enorme —dijo Mercedes—. Lo que te parece grande es mi derecho a decir no.
Lorena la miró con rabia.
—Usted siempre se hace la víctima.
Mercedes abrió la reja.
Daniel dio un paso, pero ella levantó la mano.
—Tú puedes entrar, Daniel. Ella no.
Lorena abrió la boca.
—¿Perdón?
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