Daniel no tocó la puerta.
Se quedó afuera, mirando la firma falsa como si el papel se hubiera convertido en un animal venenoso entre sus manos.
Lorena intentó arrebatárselo.
—No hagas un drama. No estaba terminado.
Mercedes soltó una risa breve, sin alegría.
—Una falsificación no necesita estar terminada para ser una traición.
Lorena apretó los labios.
—Yo no falsifiqué nada.
—Entonces no tendrás problema en explicárselo a un abogado.
La palabra abogado cambió el aire.
Daniel levantó la mirada.
—Mamá, ¿ya hablaste con uno?
Mercedes no respondió de inmediato.
En realidad, sí.
No por venganza. Por miedo. Por dignidad. Por esa sensación horrible de estar volviéndose extranjera dentro de su propia casa.
La tarde anterior, después de revisar los videos, llamó a la licenciada Patricia Ugalde, amiga de Beatriz y especialista en temas patrimoniales. Patricia le explicó que podía dejar por escrito quién no tenía autorización para entrar, revisar documentos, gestionar ventas o presentarse como representante de ella.
Mercedes firmó una carta sencilla, pero contundente.
También pidió copias certificadas de las escrituras.
La casa estaba a su nombre.
Solo a su nombre.
Julián se había encargado de eso antes de morir.
—Para que nadie te haga sentir invitada en lo que es tuyo —le dijo una vez.
Mercedes no entendió entonces por qué lo decía con tanta seriedad.
Ahora sí.
—La licenciada Ugalde viene en camino —dijo Mercedes.
Lorena palideció.
—Esto lo está haciendo para destruirnos.
—No, Lorena. Esto lo hice para que dejaras de entrar.
Leave a Comment