El taller de bicicletas ya no existía. La vecindad amarilla era un edificio de departamentos. Pero la jacaranda seguía ahí, vieja y torcida, soltando flores sobre la banqueta.
Llevé la novela de Tomás conmigo.
Abrí la página donde seguía guardada la hoja seca. La sostuve entre mis dedos. Era frágil, casi polvo.
“Me agradeciste toda tu vida por algo que yo no sabía que te había dado”, susurré.
El viento movió las ramas.
Por un momento pensé en regresar la hoja al libro. Pero después la dejé caer junto a las raíces de la jacaranda.
No como despedida.
Como regreso.
Esa tarde volví a la biblioteca y coloqué el tablero de Scrabble de Tomás en la primera mesa. Al lado puse un letrero pequeño:
Aquí nadie tiene que explicar su dolor antes de ser acompañado.
Y cada vez que alguien entra buscando un lugar donde sentarse sin sentirse carga, pienso en él.
En Tomás.
En el muchacho detrás del taller.
En el hombre que me amó sin convertirme en deuda.
Y también pienso en la niña que fui, esa que habló de un gato inventado sin saber que acababa de salvar una vida.
Quizá por eso sigo contando esta historia.
Porque nunca sabemos qué gesto pequeño se queda viviendo dentro de alguien para siempre.
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