Diego se levantó despacio, fue hacia la puerta del salón privado y giró el seguro.
El clic sonó pequeño, pero todos en la habitación lo entendimos.
—Cometiste un error, Mariana —dijo con una calma helada—. Debiste firmar cuando todavía podía ser amable contigo.
Beatriz se levantó de golpe, arrebató mi bolsa de la silla y vació todo sobre la mesa. Cayeron mis llaves, mi cartera, un labial, la bolsita de farmacia y la copia del acta de divorcio falsa.
Cuando vio el documento, su cara se deformó.
—Maldita metiche —escupió—. ¿Fuiste al Registro Civil?
Yo dejé de fingir miedo.
Me acomodé en la silla, enderecé la espalda y miré a Diego a los ojos.
—Tu nombre no es Diego Santillán. Es Rafael Duarte. Tienes denuncias por fraude de identidad en Jalisco y Nuevo León. Te casaste con al menos tres mujeres usando documentos falsos. Y Beatriz Duarte, la mujer que presentaste como tu madre, en realidad es tu esposa.
La falsa notaria cerró lentamente la carpeta.
Beatriz dio un paso hacia mí, con la mano levantada.
No alcanzó a tocarme.
La puerta lateral se abrió de golpe y entraron dos agentes ministeriales. Detrás de ellos apareció la licenciada Patricia Ríos, del Registro Civil, acompañada por la agente de delitos patrimoniales.
Rafael intentó correr hacia el ventanal, como si veinte pisos de altura fueran una salida razonable. Un policía lo empujó contra la pared y le puso las esposas antes de que lograra abrir la cortina.
Beatriz gritó que todo era una trampa, que yo estaba loca, que los documentos eran míos, que ella solo había venido a apoyar a su “hijo”.
La agente encubierta se quitó los lentes falsos y mostró su placa.
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