PARTE 2
Dos horas después, entré otra vez al penthouse con un micrófono diminuto pegado bajo el tirante del vestido y una copia del acta falsa escondida en el forro de mi bolsa.
Diego estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados.
—¿Dónde demonios estabas? —preguntó, sin intentar disimular el enojo.
—Fui a comprar bloqueador —respondí, levantando una bolsita de farmacia que había comprado solo para sostener la mentira.
Beatriz estaba sentada en la mesa de cristal, ya con una copa de champagne en la mano. El sobre manila estaba abierto frente a ella.
—Perfecto —dijo—. Antes de irnos, firma esto. No queremos perder el vuelo por tus distracciones.
Me senté.
Tomé la primera hoja.
Era un poder notarial amplio. Le daba a Diego, o mejor dicho a Rafael, autorización para manejar mis cuentas bancarias, mis fideicomisos, mis propiedades, mis arrendamientos y cualquier venta futura de bienes inmuebles.
La segunda hoja era peor.
Un contrato de aportación patrimonial a una empresa llamada Horizonte Costa MX, S.A. de C.V.
El edificio de Veracruz pasaría a esa sociedad.
Revisé el nombre de la administradora.
Beatriz Duarte.
Alcé la mirada.
—¿Quién es Beatriz Duarte?
El silencio cayó tan rápido que hasta el aire acondicionado pareció apagarse.
Diego sonrió tarde.
—Una asesora. Nada importante.
—Qué raro —dije, dejando la hoja sobre la mesa—. Porque aparece como dueña de la empresa.
Beatriz dejó su copa con un golpe seco.
—Mariana, te casaste ayer. No empieces tu matrimonio comportándote como policía.
—Solo quiero entender.
Diego tomó una pluma negra y la puso frente a mí.
—No hay nada que entender. Firmas y listo. Yo me encargo.
Hice que mis manos temblaran apenas.
—Mi papá dejó reglas muy claras. Cualquier transferencia de inmuebles requiere dos testigos y notario público.
Era mentira.
Mi fideicomiso permitía mi firma única. Pero años antes yo misma había añadido candados internos con el banco: cualquier movimiento superior a un millón de pesos debía pasar por revisión antifraude.
Beatriz recuperó su sonrisa.
—El hotel tiene notario para eventos privados. Lo usamos ayer con unos documentos de la boda. Bajamos, firmas y nos vamos.
—Está bien —dije.
En el elevador, Diego tomó mi mano con demasiada fuerza.
—Me asustaste, amor. No vuelvas a desaparecer así.
—Perdón.
—Las esposas no desaparecen —murmuró Beatriz—. Las esposas avisan.
En el salón privado del hotel, frente a ventanales con vista a Reforma, esperaba una mujer de traje gris que fingía ser notaria. En realidad era agente encubierta de la Fiscalía. Había cámaras en la lámpara, en un florero y en la esquina superior del librero.
Mi abogada escuchaba todo desde una llamada cifrada. Mi banco ya había congelado cualquier instrucción enviada desde mi cuenta. Y dos policías ministeriales esperaban detrás de una puerta de servicio.
La agente encubierta revisó los papeles.
—¿Usted preparó estos documentos, señor Santillán?
—Nuestro abogado familiar —respondió Diego.
—¿Nombre del abogado?
—Licenciado Ernesto Valdivia.
Casi sonreí.
Ernesto Valdivia había muerto cinco años antes. Yo lo sabía porque su despacho aparecía en un caso de facturas falsas que audité en 2021.
La agente anotó.
—¿Y la señora Beatriz Duarte?
Diego se puso rígido.
Beatriz intervino.
—No entiendo por qué tanta pregunta. La señora va a firmar por voluntad propia.
Yo bajé la voz.
—Diego, ¿por qué esta empresa está a nombre de Beatriz Duarte?
Él se inclinó hacia mí.
—Porque así conviene.
—¿Conviene a quién?
Su mano bajó bajo la mesa y me apretó la muñeca con tanta fuerza que sentí sus uñas.
—Firma.
El micrófono captó todo.
Yo miré hacia la falsa notaria.
—Me está lastimando.
Diego sonrió sin soltarme.
—Estoy salvando nuestro matrimonio.
Beatriz se acercó a mi oído.
—Niñita, para cuando aterricemos en Cancún, esas propiedades ya no van a responderte a ti. Van a respondernos a nosotros. Cooperes o no.
Era una amenaza clara.
Pero faltaba algo más.
Respiré hondo y dejé caer la frase como una cerilla sobre gasolina.
—¿Eso mismo les dijeron a las otras mujeres antes de quitarles todo?
Diego me soltó.
Beatriz palideció.
Por primera vez desde que los conocí, los dos entendieron que la novia no había estado distraída.
Había estado contando cada paso.
PARTE 3
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