Mateo apretó los labios.
—Que el perro se lo iba a dar a otro niño que sí supiera agradecer.
Mi mamá, sentada detrás de nosotros, soltó un sollozo.
Yo sentí una mezcla horrible de tristeza y furia. Rodrigo no solo había intentado comprar a mi hijo. Había usado el sueño de un niño para asustarlo.
El juez respiró hondo.
—Un menor no es una propiedad que se gana con regalos. Tampoco es un testigo que se entrena con premios.
Ignacio Montalvo ya no caminaba por la sala. Se había quedado quieto junto a su mesa, como si de pronto el piso se hubiera llenado de grietas.
Para intentar salvar el caso, llamó a mi mamá al estrado.
Doña Carmen caminó despacio, con su suéter azul y sus aretes de perla falsa. Se sentó derecha, con las manos dobladas en el regazo.
—Señora Carmen —empezó Ignacio—, usted cuida con frecuencia al niño mientras su hija trabaja, ¿correcto?
—Correcto.
—¿Diría usted que actúa como cuidadora principal?
—No.
—Pero cocina, ayuda con tareas y lo acompaña por las tardes.
—Ayudar a mi hija no significa reemplazarla.
Ignacio apretó la mandíbula.
—¿No se cansa usted, a su edad, de cuidar a un niño activo?
—Claro que me canso.
El abogado sonrió, como si hubiera encontrado oro.
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