Durante el desayuno, mi esposo me arrojó café hirviendo al rostro porque me negué a darle mi tarjeta bancaria a su hermana. Me dijo: “O obedeces o te vas”. Fui al hospital, guardé el informe médico y, al regresar, dejé mi anillo de bodas sobre la mesa… sin imaginar lo que él encontraría después.

Durante el desayuno, mi esposo me arrojó café hirviendo al rostro porque me negué a darle mi tarjeta bancaria a su hermana. Me dijo: “O obedeces o te vas”. Fui al hospital, guardé el informe médico y, al regresar, dejé mi anillo de bodas sobre la mesa… sin imaginar lo que él encontraría después.

—¡Lárgate de aquí!

Rebeca tomó su bolso.

—Cuando Valeria te deje sin un peso, no vengas a pedirme ayuda.

—¿Ayuda? ¡Tú eres la razón por la que estoy arruinado!

—No, Alejandro. Estás arruinado porque eres estúpido.

Rebeca salió del departamento y cerró la puerta.

Alejandro quedó solo.

Durante la siguiente hora llamó a su madre, a dos amigos y a un abogado que conocía de la universidad.

Nadie le dio la respuesta que esperaba.

El abogado fue directo.

—Si existe una grabación del ataque, un informe médico, mensajes sobre transferencias no autorizadas y un documento con firma falsificada, estás en serios problemas.

—Ella es mi esposa.

—Eso no te protege.

—El dinero se quedó dentro de la familia.

—Eso tampoco te protege.

—Puedo decir que ella me autorizó verbalmente.

—Los mensajes impresos indican lo contrario.

Alejandro cerró los ojos.

—¿Cuántos años podría enfrentar?

—Depende de los cargos. Fraude, falsificación, violencia familiar, lesiones… No puedo darte una cifra sin ver el expediente.

—Necesito que me representes.

Hubo una pausa.

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