—¿Cámaras?
—La cámara de la cocina grabó todo.
Rebeca se llevó una mano a la boca.
Alejandro bajó la voz.
—No puedes entregar eso a la policía.
—Ya lo entregué.
El teléfono casi resbaló de su mano.
—Valeria, soy tu esposo.
—Eras mi esposo cuando me robaste. Eras mi esposo cuando falsificaste mi firma. Eras mi esposo cuando lanzaste café hirviendo a mi cara.
—Piensa bien lo que haces.
—Lo pensé durante años. Hoy finalmente actué.
—Si me destruyes, también te destruirás tú.
Valeria soltó una risa sin alegría.
—El departamento es mío. La empresa es mía. Las cuentas bloqueadas son mías. Tú no tienes nada a tu nombre porque siempre viviste de mí.
Alejandro miró alrededor de la sala vacía.
Solo quedaban el sofá que él había elegido y la televisión que Rebeca quería llevarse.
—No puedes echarme de mi casa.
—Esa nunca fue tu casa.
La llamada terminó.
Alejandro lanzó el teléfono contra la pared.
La pantalla se hizo pedazos.
—¡Todo esto es por tu culpa! —gritó mirando a Rebeca.
Ella frunció el ceño.
—¿Por mi culpa? Tú eres quien no pudo controlar a su esposa.
—¡Me hiciste sacar dinero de sus cuentas!
—No te obligué.
—¡Me dijiste que estabas desesperada!
—Y tú querías sentirte importante. Te encantaba llegar con dinero y actuar como el salvador de la familia.
Alejandro dio un paso hacia ella.
—Lárgate.
—¿Qué?
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