Llegamos al Club Campestre Bosques en una camioneta negra.
El salón estaba lleno de empresarios, familiares, amigas de Teresa, socios de Don Ernesto y gente que solo va a las fiestas para medir quién subió y quién cayó.
Orquídeas blancas, música en vivo, fuente de chocolate, barra de mariscos, globos dorados.
Todo pagado con dinero robado.
Cuando entramos, el murmullo se rompió como copa fina.
Primero nos vio Valeria.
Su rostro perdió el color.
Luego Rodrigo giró y se quedó congelado. Me miró de pies a cabeza, después miró a Héctor. Su cerebro intentaba resolver una ecuación imposible.
Teresa vino hacia nosotros como un animal herido.
“¿Qué haces aquí?”, siseó. “Nadie te quiere en esta fiesta.”
Saqué la invitación de mi bolso.
“Usted me pidió venir a ver cómo se ve una familia de verdad.”
Teresa abrió la boca, pero no alcanzó a hablar.
Héctor avanzó conmigo hasta el centro del salón. Yo subí al pequeño escenario donde estaba el micrófono para los brindis.
Toqué el micrófono dos veces.
El sonido hizo callar a todos.
“Buenas noches”, dije. “Soy Mariana. Hasta hace poco, esposa de Rodrigo.”
Rodrigo dio un paso hacia mí.
“Bájate de ahí.”
No lo miré.
“Quiero felicitar a los novios por su nueva casa.”
Algunos aplaudieron con incomodidad.
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