Marqué a Héctor.
“Nos invitaron.”
Hubo silencio al otro lado.
“Perfecto”, dijo él. “La UIF congelará cuentas el viernes a las seis. La Fiscalía entra a las ocho. ¿A qué hora es la fiesta?”
“Ocho y media.”
“Entonces que tengan público.”
El viernes por la mañana, Héctor y yo nos casamos en el Registro Civil.
No hubo flores. No hubo música. No hubo beso.
Yo llevaba un traje sastre color marfil. Él, un traje gris oscuro. Firmamos capitulaciones, acuerdos de separación de bienes y una denuncia conjunta ya preparada por el despacho penalista.
La jueza nos miró raro, pero selló el acta.
Cuando salimos, mi teléfono vibró.
Mensaje de Jaime:
“La garantía de Don Ernesto ya fue marcada por cumplimiento bancario. Las cuentas familiares están bajo revisión. Si Rodrigo cae, caen todos.”
Esa noche me vestí sin prisa.
Durante seis años, Teresa me había dicho que mis vestidos eran “demasiado serios” y que yo parecía contadora en velorio. Elegí un vestido largo color verde esmeralda, elegante, ceñido sin ser vulgar, con el cabello suelto y maquillaje limpio.
Cuando Héctor me vio, no sonrió. Solo asintió.
“Van a entender demasiado tarde a quién subestimaron.”
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