Valeria se limpió una lágrima antes de que cayera.
“Yo sé parte.”
Se sentó en la silla de la cocina, con la pulsera sobre la mesa. Lucía se acercó a ella y apoyó la cabeza en su pierna.
“Cuando nació Lucía, yo estaba sola. Mi mamá había muerto el año anterior y mi papá nunca volvió desde que se fue a Estados Unidos. Una enfermera fue la única que me trató con humanidad. Se llamaba Marisol. Me dijo que no firmara nada sin leer.”
“¿Qué querían que firmaras?”, pregunté.
“Una renuncia.”
Sentí un golpe en el pecho.
Valeria asintió, como si todavía le costara pronunciarlo.
“Tu padre y el abogado me dijeron que tú no querías saber nada. Que si insistía, iban a acusarme de extorsión. Me ofrecieron un departamento, dinero mensual y trabajo en una fundación, pero tenía que aceptar que Lucía no llevara tu apellido jamás.”
“Valeria…”
“No terminé.”
Su voz se quebró, pero no se rindió.
“Esa noche también había una mujer de la familia Montes en el hospital. La hermana mayor de Camila, Mariana. Había tenido una niña prematura. La bebé murió pocas horas después.”
La voz de Camila se oyó desde el teléfono, rota.
“Mi hermana nunca se recuperó.”
Valeria cerró los ojos.
“La escuché llorar en el pasillo. Después escuché a un hombre discutir con Octavio Beltrán. Decía que no podían permitir que ‘la única bebé viva’ quedara registrada como Arriaga ni como escándalo. Yo estaba sedada, pero recuerdo esa frase.”
La única bebé viva.
Esa frase dejó el departamento sin aire.
Camila llegó cuarenta minutos después. No venía maquillada, ni elegante, ni protegida por ese brillo de familia rica. Venía con los ojos hinchados y una carpeta en la mano.
“Mi mamá me dio esto antes de encerrarse en su cuarto”, dijo.
Puso sobre la mesa unos documentos viejos: recibos del Hospital Santa Elena, notas de honorarios, una carta de Octavio Beltrán y una copia de un acta de nacimiento que nunca se usó.
Nombre provisional: Bebé mujer Montes.
Madre: Mariana Montes.
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