Nadie habló durante varios segundos.
Lucía seguía sentada en la alfombra, acomodando cubos de colores, sin saber que su nombre, su historia y hasta su lugar en el mundo acababan de temblar en una pulsera vieja de hospital.
Valeria sostenía el plástico con los dedos rígidos.
“Esto no tiene sentido”, murmuró.
Pero sí lo tenía. De una forma horrible, lo tenía.
Camila seguía en la llamada, respirando como si acabara de correr.
“Voy para allá”, dijo.
“No”, respondió Valeria de inmediato.
“Valeria, por favor. Mi familia también está metida en esto.”
“Tu familia puso su apellido debajo del de mi hija.”
Camila guardó silencio.
Yo tomé aire.
“Necesitamos saber qué pasó esa noche.”
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