—Eso quiso Ernesto.
Teresa abrió la caja. Dentro había cartas amarradas con listones, fotografías, copias de documentos, recetas médicas y grabaciones antiguas. Todo olía a papel viejo y dolor guardado.
Tomé una carta al azar. El sobre decía: “Para Santiago, cuando cumpla doce”.
No la abrí. No era mía.
Teresa me miró.
—Tu mamá fue buena con Isabel. La ayudó cuando nadie quería acercarse. Por eso me dijo que, si algún día tú tenías una hija con Santiago y la familia intentaba desaparecerlas, yo debía aparecer.
Me estremecí.
—¿Mi mamá sabía que esto podía pasar?
—Tu mamá conocía a Ernesto.
El teléfono sonó. Era Mariana.
—Laura, ¿estás con Teresa Vale?
—Sí.
—No se muevan. Santiago me llamó. Quiere reunirse mañana en un lugar neutral, con abogados. También pidió que su padre no esté presente.
Teresa soltó una risa amarga.
—Por fin.
Al día siguiente nos encontramos en un café sencillo de la Narvarte. No había mármol, ni secretarias, ni elevadores privados. Solo mesas de madera, olor a pan dulce y una cafetera ruidosa.
Santiago llegó sin escoltas. Traía el mismo traje del día anterior, arrugado, como si hubiera pasado la noche peleando contra fantasmas.
Cuando vio a Teresa, se detuvo en seco.
Ella se levantó.
—Hola, Santiago.
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