—Tu mamá me dijo que vendrías cuando ya no quedara otra salida —dijo Teresa Vale.
No parecía peligrosa. Parecía cansada. Tenía el cabello recogido, una chamarra sencilla y los mismos ojos de Santiago, aunque más tristes, más antiguos. En sus brazos llevaba una caja azul de madera, gastada en las esquinas, como si hubiera sobrevivido demasiados años escondida.
Abrí la puerta sin quitar la cadena.
—¿Quién es usted?
Teresa miró hacia el pasillo antes de responder.
—Soy hija de Isabel Beltrán. Y soy hermana de Santiago.
La palabra hermana se quedó suspendida entre nosotras.
Valentina dormía en la habitación. La lluvia golpeaba la ventana del comedor. Mi departamento era pequeño, con una mesa coja, dos sillas distintas y una lámpara que parpadeaba cuando alguien encendía la licuadora en el piso de arriba. Nada de ese lugar parecía preparado para recibir un secreto capaz de tumbar a una familia millonaria.
Quité la cadena.
Teresa entró.
Puso la caja sobre la mesa con cuidado.
—Tu madre guardó parte de esto por años. Yo guardé lo demás. Isabel escribió cartas para Santiago cada cumpleaños hasta que murió.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Murió?
Teresa asintió.
—Hace seis años. Enferma. Sola no, porque me tenía a mí. Pero murió creyendo que su hijo la odiaba.
Me senté despacio.
—Santiago cree que ella lo abandonó.
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