PARTE 2
El elefante de Tomás tenía una costura abierta en la espalda.
Alejandro lo vio cuando el niño, cansado de llorar, volvió a dormirse sobre el sofá. Lucía quiso quitarle el peluche con cuidado, pero Tomás lo apretó incluso dormido.
—No —murmuró—. Beto no.
—¿Beto? —preguntó Alejandro.
Valentina, todavía despierta, respondió con seriedad:
—Beto guarda secretos.
Lucía cerró los ojos.
—Valentina, no.
Alejandro bajó la voz.
—¿Qué secreto?
La niña señaló el peluche.
—Papá metió una cosita negra. Dijo que si mamá hablaba, nadie volvería a encontrarnos.
Lucía se cubrió la boca.
Alejandro esperó a que Tomás aflojara los dedos. Luego abrió con cuidado la costura usando una pluma del escritorio.
Dentro había una memoria USB.
La suite quedó en silencio.
Afuera, la Ciudad de México brillaba como si nada pudiera romperse en sus avenidas. Adentro, una madre, dos niños y un empresario empezaban a respirar el mismo miedo.
Alejandro conectó la memoria a una tableta.
Aparecieron carpetas.
Contratos.
Audios.
Transferencias.
Fotografías de edificios vacíos.
Listas de familias marcadas con notas crueles: “madre sola”, “adulto mayor”, “sin abogado”, “presionable”.
Una carpeta llevaba el logo de Grupo Horizonte Reforma.
Lucía habló casi sin voz.
—Mi vecina trabajaba en una notaría. Me ayudó a copiar documentos. Desapareció hace 3 días. Rodrigo pensó que yo tenía todo. Pero antes de irse… escondió la memoria en el peluche de Tomás.
Alejandro abrió un audio.
La voz de Rodrigo llenó la suite.
—Tú no entiendes, Lucía. Esa casa estorba. Si firmas, te dejo ver a los niños. Si no firmas, voy a demostrar que eres una madre peligrosa. Nadie le cree a una camarista contra mí.
Luego otra voz, masculina, elegante:
—No la lastimes antes de que firme. Necesitamos el fideicomiso limpio.
Alejandro se tensó.
Conocía esa voz.
Era Ignacio Ledesma, su socio en Horizonte Reforma. Hombre de sonrisa fina, donaciones públicas y manos invisibles.
Lucía lo miró.
—¿También trabaja con usted?
Alejandro no respondió.
No hacía falta.
El celular vibró.
Número desconocido.
Contestó.
Rodrigo habló con calma.
—Señor Rivera, creo que uno de mis hijos tiene algo que no le pertenece.
Alejandro miró la memoria.
—Está acabado.
Rodrigo soltó una risa baja.
—No. Usted apenas está empezando. Revise las noticias.
La llamada se cortó.
La tableta mostró una alerta.
Última hora: empresario Alejandro Rivera acusado de retener a menores en hotel de lujo.
Lucía se llevó la mano al pecho.
—Él hizo eso.
—No vino por los niños —dijo Alejandro—. Vino por la memoria.
El teléfono interno sonó.
Era seguridad.
—Señor, hay prensa afuera. El señor Ledesma acaba de llegar con abogados. Dicen que usted está teniendo una crisis y que mantiene secuestrada a una empleada.
Alejandro miró a Lucía.
Ella tenía el rostro pálido, pero no lloraba. Había llegado al punto donde el miedo se vuelve piedra.
—Puede entregarnos —dijo ella—. Todavía puede decir que no sabía.
Alejandro pensó en su madre. En sus manos agrietadas. En los cuartos que limpiaba sin que nadie aprendiera su nombre. En todos los documentos que había firmado sin mirar a quién aplastaban por debajo.
—He pasado demasiados años pagando para no ver —dijo—. Esta noche me toca mirar.
Llamó a su abogada.
—Mariana, necesito una jueza de guardia, protección para dos menores y una orden para conservar evidencia. Ahora.
—¿Qué hiciste?
—Lo correcto. Tarde.
Mientras hablaba, Valentina se acercó y le jaló el saco.
—Señor castillo.
Alejandro bajó la mirada.
—¿Yo?
—¿Nos van a llevar?
La pregunta le partió algo que no sabía que seguía vivo.
—No mientras yo esté aquí.
Entonces todas las luces de la suite se apagaron.
Tomás despertó gritando.
Lucía corrió hacia él.
En la oscuridad, alguien intentó abrir la puerta con una tarjeta maestra.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Y desde el pasillo, Rodrigo dijo muy bajo:
—Lucía, entrégame a mis hijos o voy a contarle a todos quién es realmente Alejandro Rivera.
PARTE 3
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