A las 6:41 de la mañana, tres camionetas sin logotipos doblaron por el camino de terracería que llevaba al rancho de mi padre.
El cielo apenas empezaba a clarear sobre los campos húmedos. La casa vieja, con sus muros color crema y las bugambilias dormidas junto al portón, parecía tranquila desde afuera. Pero yo sabía que adentro se estaba celebrando una traición.
Caminé al frente del grupo con la fiscal Daniela Cárdenas, Martín Salcedo y dos elementos de apoyo. No llevaba rabia en la cara. La rabia, aprendí hace años, sirve poco si no sabe obedecer.
A través de la ventana del comedor vi a Rodrigo y Paola.
No estaban preocupados por mi padre.
No estaban rezando.
No estaban preguntándose si el anciano que supuestamente había perdido la razón estaba bien.
Estaban sentados frente a la mesa grande de madera, rodeados de carpetas, planos del terreno, copias de escrituras y dos tazas de café. Paola tenía una copa de vino blanco en la mano, aunque apenas amanecía.
Rodrigo revisaba unas hojas con desesperación.
Paola sonreía.
La fiscal golpeó la puerta.
—¡Fiscalía! ¡Abran la puerta!
El sonido hizo que Paola soltara la copa. El cristal se quebró sobre el piso. Rodrigo se levantó de golpe y empezó a juntar papeles con manos torpes.
No esperamos a que destruyeran evidencia.
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