Un desconocido me pidió fingir que dormía sobre su hombro en pleno vuelo. Al aterrizar, descubrí que era el multimillonario más buscado del país… y que mi ex ya venía por mí y por mi bebé.

Un desconocido me pidió fingir que dormía sobre su hombro en pleno vuelo. Al aterrizar, descubrí que era el multimillonario más buscado del país… y que mi ex ya venía por mí y por mi bebé.

Iván Salcedo sabía actuar.

Esa fue una de las primeras cosas de las que Mariana se enamoró sin entender el peligro.

Sabía bajar la voz en público. Sabía tocar el hombro de una persona justo en el momento adecuado. Sabía sonreír como hombre preocupado y mirar como esposo herido. Sabía convertir cualquier habitación en un teatro donde él siempre salía limpio y los demás quedaban manchados.

Por eso, cuando apareció en la sala privada del aeropuerto, no entró gritando.

Entró con los ojos húmedos.

“Mariana”, dijo, como si estuviera aliviado. “Gracias a Dios estás bien. Me tenías desesperado.”

Ella sintió el viejo reflejo: pedir perdón.

Por preocuparlo.

Por hacerlo enojar.

Por respirar sin permiso.

Pero Lucía gimió en sus brazos y Mariana recordó por qué había subido a ese avión.

No se disculpó.

Iván miró a Mateo y fingió sorpresa.

“Señor Armenta. Qué pena que lo hayan metido en un asunto familiar. Mi esposa no está bien. Desde el parto ha tenido episodios. Yo solo quiero llevarme a mi hija a casa.”

“Exesposa”, corrigió Mariana.

Iván sonrió apenas.

“Todavía no hay sentencia, Mariana.”

Rebeca Torres dio un paso al frente.

“Señor Salcedo, soy la abogada de la señora Rivas. A partir de este momento, cualquier comunicación será conmigo.”

Iván soltó una risa suave.

“¿Abogada? ¿Ahora resulta que mi esposa se baja de un avión con un millonario y ya trae equipo legal?”

La frase estaba diseñada para ensuciarla.

Mariana lo entendió al instante.

Quería que todos imaginaran lo peor. Que pensaran que ella había cambiado pañales por protección, dignidad por dinero, miedo por escándalo.

Pero esta vez había testigos.

Y cámaras.

Mateo no se movió.

“Usted mandó publicar su nombre.”

Iván levantó las cejas.

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