Pagué la deuda de mi esposo, o al menos eso creyó. A la mañana siguiente, encontré a sus padres metiendo mis cosas en bolsas de basura y a su amante usando mi bata de seda. Entonces él sonrió: “Ya no me sirves”.

Pagué la deuda de mi esposo, o al menos eso creyó. A la mañana siguiente, encontré a sus padres metiendo mis cosas en bolsas de basura y a su amante usando mi bata de seda. Entonces él sonrió: “Ya no me sirves”.

—¡Tú siempre tuviste demasiado! ¡No sabes lo que es construir algo desde abajo!

Mi voz salió tranquila, pero cargada de años.

—Mi padre murió cuando yo tenía veintidós años. Mi madre enfermó tres años después. Yo levanté la empresa familiar mientras estudiaba, mientras pagaba hospitales, mientras Ricardo me prometía que algún día estaría a mi altura. No me hables de construir desde abajo, Leticia. Tú solo enseñaste a tu hijo a estirar la mano y llamarlo destino.

Ricardo levantó la cabeza con los ojos húmedos.

—Mariana, por favor. Si entregas todo esto, me destruyes.

—No —dije—. Tú te destruiste. Yo solo dejé de financiar el incendio.

El actuario terminó de leer las medidas. Los agentes comenzaron a retirar computadoras, discos duros, celulares y carpetas del estudio. Cada objeto que salía en una bolsa de evidencia arrancaba un pedazo más de la fachada elegante de Ricardo.

La agencia exitosa. El matrimonio perfecto. La familia de apellido respetable.

Todo era cartón pintado.

Fernanda se sentó en una silla, temblando. Ya no parecía la mujer arrogante que, minutos antes, me había dicho que yo había perdido. Parecía una empleada joven que acababa de descubrir que su cuento de amor venía con factura penal.

—Yo voy a declarar —dijo de pronto.

Ricardo giró hacia ella.

—Ni se te ocurra.

Ella se puso de pie.

—Me usaste. Me hiciste firmar papeles. Me dijiste que Mariana era una inútil, que su dinero era tuyo, que tu mamá ya tenía todo planeado. Me prometiste la dirección creativa cuando ella se fuera.

Leticia la interrumpió:

—¡Tú aceptaste meterte con un hombre casado!

Fernanda lloró, pero no retrocedió.

—Sí. Y eso me hace una idiota. Pero ustedes me quisieron convertir en delincuente.

Por primera vez en toda la mañana, sentí algo parecido a compasión. No perdón. Compasión. Que no son lo mismo. Fernanda había elegido mal, con soberbia y ambición, pero Ricardo y Leticia habían usado esa ambición como cuerda para colgarla.

Claudia se acercó a mí.

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