La casa se quedó tan quieta que hasta el refrigerador pareció dejar de sonar.
Leticia sostenía todavía una bolsa negra medio abierta. Dentro se veía una de mis blusas blancas arrugada junto a una carpeta de fotos familiares. La mujer que durante años me había llamado “fría”, “calculadora” y “poco mujer” acababa de quedar expuesta como cómplice de la amante de su propio hijo.
Fernanda se giró hacia Ricardo, pero esta vez no había amor ni miedo en su cara. Había asco.
—¿Tu mamá pagó mi anillo?
Ricardo apretó la mandíbula.
—No es lo que parece.
Yo solté una risa breve.
—Nunca lo es, ¿verdad?
Claudia abrió una nueva carpeta.
—Tenemos estados de cuenta. Tres transferencias desde la cuenta de la señora Leticia Méndez de Salgado hacia una joyería en Polanco. La fecha coincide con el día en que Ricardo le compró el anillo a Fernanda. También hay mensajes donde usted, señora Leticia, le dice a su hijo: “Úsala hasta que Mariana pague. Después la sacamos legalmente”.
Fernanda retrocedió como si la hubieran golpeado.
—¿Sacamos? ¿A mí también?
Leticia no contestó.
Ese silencio fue el segundo derrumbe de la mañana.
Ricardo se pasó las manos por el cabello.
—Mamá, ¿qué hiciste?
Leticia reaccionó como las personas que jamás han sido confrontadas: atacando.
—¡Lo hice por ti! ¡Porque esa mujer siempre te hizo sentir menos! ¡Porque tú merecías la agencia limpia, la casa, el dinero y una esposa que no te mirara como si fueras un fracaso!
Yo la observé sin moverme.
—Yo nunca lo miré como un fracaso. Lo apoyé cuando sus campañas se cayeron. Le presté contactos. Le pagué asesores. Le abrí puertas con clientes que jamás habrían aceptado una reunión con él.
Ricardo bajó la mirada.
—Y mientras yo hacía eso —continué—, él falsificaba mi firma, usaba a su amante como prestanombres y dejaba que su madre planeara sacarme de mi propia casa.
Leticia señaló hacia mí.
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