Mi luna de miel acababa de empezar cuando vi a mi ex en el aeropuerto con una niña que tenía mis ojos. Pero la foto que recibí en pleno vuelo mostró a mi padre en el hospital el día que nació…

Mi luna de miel acababa de empezar cuando vi a mi ex en el aeropuerto con una niña que tenía mis ojos. Pero la foto que recibí en pleno vuelo mostró a mi padre en el hospital el día que nació…

“Tu familia supo lo necesario.”

Camila se puso pálida.

“¿Lo necesario?”

Mi padre suspiró, como si todos fuéramos niños difíciles.

“Había una negociación entre familias. Hoteles, terrenos, créditos. Una mujer embarazada en medio habría destruido todo.”

Lo dijo así. Una mujer embarazada. Como si Valeria no tuviera rostro. Como si Lucía no tuviera ojos.

“¿Le dijiste que yo no quería verla?”, pregunté.

Mi padre calló.

Ese silencio me contestó.

Camila se quitó el anillo despacio. No lloró, pero su voz salió rota.

“Me usaron igual que a ella.”

Mi padre golpeó la mesa.

“Camila, no dramatices.”

Ella lo miró con un desprecio limpio.

“Mi matrimonio duró menos de un día porque ustedes confundieron familia con empresa.”

Salí de la casa sin escuchar más. Camila me siguió hasta el coche.

“Ve con Valeria”, dijo.

“Camila…”

“No me pidas que te acompañe a buscar a otra mujer. Pero tampoco seas cobarde otra vez.”

Me puso el anillo en la mano.

“Descubre quién es Lucía. Y cuando lo sepas, por primera vez en tu vida decide tú.”

Horas después, llegué al departamento de Valeria en Coyoacán. Era un edificio pequeño, con macetas en las ventanas y una bicicleta infantil junto a la entrada.

Cuando abrió la puerta, Lucía estaba en sus brazos.

“Es el señor del aeropuerto”, dijo la niña.

Valeria no sonrió.

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